—Señor de Castell, tiene usted razón como un santo. La cuestión es el aciertu... ¡el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para elegir compañera, ¿qué hubiera sido de este pobre hombre? ¡Qué prenda! ¿eh? ¡qué tesoro! ¡Silenciu! Guárdeme el secreto: a estas horas no tendría dos pesetas. ¡Silenciu! ¡Ps! ¡ps!
Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiración y contento reprimido, se alejó arrastrando los pies. Su cara mitad, que había oído perfectamente, le dirigió una mirada oblicua donde no resplandecía la gratitud y, arrugando su nariz aguileña, nos dió las buenas noches con imponente severidad.
Nos hallábamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa. Martí, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclamó, bromeando:
—Ya anduvieron aquí las patitas de mi rata. ¿Verdad, Cristina?
Ésta sonrió en señal de asentimiento.
—¡Me extrañaría que dejases de pellizcarme el pan algún día!
Entonces yo, a una vuelta que dió Martí para hablar con Castell, me acerqué disimuladamente a la mesa, tomé un pedazo de pan por el sitio en que Cristina lo había pellizcado y lo comí con inexplicable placer. No se le escapó a ella esto, y observé una ligera turbación en su rostro.
—¡Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!—exclamó con graciosa mueca de enfado.
Obedecí, humildemente, y me senté en el sitio de costumbre. La comida fué alegre. Martí estaba locuaz y risueño. Como si no se hubiese hecho cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Cañabal, las describió con el entusiasmo que yo le había comunicado en nuestro paseo. Terminó proponiendo que fuésemos allá por las tardes a merendar, ya que las circunstancias impedían trasladarse por completo. Es inútil decir el gozo con que escuché esta proposición. Cristina también la acogió con alegría y lo mismo el resto de los comensales. Sabas manifestó, con su gravedad habitual, que, quizá, no podría ir todos los días.
—No; contigo ya sabemos que no debemos contar. ¿Cómo has de dejar abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del café del Siglo?—manifestó su hermana riendo.