—¡No es eso, hija mía!—exclamó picado el elegante—. Ya sabes que no soy muy sensible a los recreos campestres.

—Sí, sí; ya sé que estás por los urbanos y que no respiras bien sino en una atmósfera de humo de tabaco.

Doña Amparo acudió, como siempre, al socorro de su hijo.

—Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre le han hecho daño al estómago.

—¡Qué le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!—exclamó con afectada amargura el crítico.

—¡Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a última hora en el Círculo, con manzanilla y champagne.

Martí intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que doña Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en materia de goces tenía sus preferencias y era insensato tratar de imponer los nuestros a los demás. “Todo el mundo tiene derecho a ser feliz a su manera”, dijo Federico de Prusia; y si Sabas se sentía más feliz bajo techado que a cielo descubierto, no había motivo para incomodarse.

—Lo que sí le ruego—concluyó diciendo—es que, ya que él no sea de la partida, permita a Matilde y a los niños venir con nosotros.

Sabas accedió generosamente a este ruego y pareció todo conflicto conjurado; pero Cristina, que todavía deseaba hacerle rabiar un poco, dijo sonriendo malignamente:

—Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones que coser...