—¡Cristina! ¡Cristina!—exclamó Martí, medio enfadado, medio riendo.

Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alzó los hombros con aparente desprecio, pero quedó el resto de la noche amoscado.

Sin su compañía honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los niños, hicimos al día siguiente y en los sucesivos nuestra excursión al Cabañal. Nos trasportaban allá poco después de almorzar las galeritas de Martí y de Castell y nos traían a la ciudad al ponerse el sol. Todo este tiempo lo pasábamos charlando en la terraza del pabellón, mientras las damas bordaban o cosían; o paseando por los senderos del parque, donde también jugábamos como niños al volante y al aro. Algunas veces salíamos de la finca y recorríamos el pueblecito y bajábamos a la playa, entreteniéndonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras nos dirigíamos a la huerta y visitábamos algunas barracas, principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Martí, a quien pertenecía la labranza de que vivía. Allí descansábamos a menudo, y su mujer nos regalaba con altramuces y cacahuets o nos servía algún refresco.

Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor decir, su preparación. Para que nos interesase era menester que se aderezase y comiese al aire libre. Trasportábamos la cocinilla de alcohol y el resto de los bártulos a algún lejano y sombrío paraje del parque. Las damas se ponían un delantal, los caballeros nos quedábamos en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o café, otras friendo el pescado que acabábamos de comprar en la playa, pasábamos una hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunión me encomendaba la tarea de guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos, me veía rodeado de mis marmitones y marmitonas, a quien despóticamente comunicaba órdenes precisas, ¡quién lo creería!, alguna vez llegaba a olvidarme de que estaba enamorado.

Y, sin embargo, lo estaba cada vez más, no hay que dudarlo. Ni cuando decía a Cristina en tono imperioso: «Tráigame usted la sal», ni cuando la reprendía ásperamente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba por la imaginación que pudiera existir bajo el sol criatura más perfecta. En el campo desaparecía la gravedad ceñuda que a menudo observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso, inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluían continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal que las sazonaba.

Yo no podía apartar los ojos de ella. La oía y la contemplaba como un idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabellón, nos mostró un dedal que se había comprado. Todos lo examinaron, y yo después que todos también lo hice, reteniéndolo con disimulo. Pasó un largo rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a merendar, al cruzar por delante de mí me dijo sin mirarme:

—Ponga usted el dedal en aquel cestito.

No valía con ella ser astuto y solapado: todo lo veía, todo lo advertía.

Otra tarde en que su cuñada Matilde tocaba el piano y ella estaba en pie volviéndole las hojas del libro, me acerqué silenciosamente por detrás. Y fingiendo hallarme arrobado por la música y atentísimo a las corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el finísimo vello en que su cabellera negra venía a morir y perderse como una melodía que se extingue pianissimo. Pues bien, como si tuviera la facultad de ver detrás de sí, llevó la mano al cuello del vestido y lo alzó con ademán de impaciencia. Era una advertencia y una reprensión.

Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceño con que solía mirarme, yo me sentía feliz a su lado. Y era porque en estos desaires y en la severidad de su rostro no traslucía desprecio alguno a mi persona ni deseo de mortificarme. Procedía todo de un noble aunque exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cariño que profesaba a su marido, del cual a cada momento tenía pruebas bien claras. Ni aun en esto se desmentía la exquisita delicadeza de sus sentimientos. En vez de mostrarse con él rendida y mimosa, como en su caso hubieran hecho tantas otras, huía en mi presencia de hacerle caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que él se las hiciese. A veces se quejaba él, riendo, de tanta severidad, pero ella permanecía inflexible.