De su espíritu de justicia y de la estimación que le inspiraba me dió más de un testimonio, aunque siempre tácitos. Había ido una mañana a su casa. No estaban en el comedor más que ella y su madre. Se le ocurrió llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticipé al criado: fuí al aparador, tomé una copa y una bandeja y me disponía a escanciar el agua y servirla cuando me interrumpió secamente:

—No; deje usted; ya no tengo sed: fué sólo un capricho.

Quedé acortado y aún más triste que acortado. Abrevié la visita y me retiré. Por la tarde me quedé en la fonda y no fuí al Cabañal como de costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar, lo hice con semblante grave y procuré no mirarla. Pero bien observé que ella me miraba y aun quise advertir que lo hacía con expresión humilde. A los pocos momentos se acercó a mí y me dirigió la palabra con inusitada amabilidad y procuró desagraviarme. Yo me mantuve rígido. Entonces ella, con sonrisa graciosa que jamás podré olvidar, dijo en voz alta:

—Ribot, hágame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y echarme un poco de agua.

Se la serví riendo. Ella también rió un poco antes de beberla y mi rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa.

Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al Cabañal. Alguna rara vez mandaba solamente su galerita o su familiar. Ya no podía dudar de que festejaba a Cristina y también de que había advertido el amor que yo sentía por ella. Pero dada su inconmensurable altura, debía parecerle yo un rival poco temible, porque no pude notar en él ningún cambio. Seguía tratándome con la misma refinada cortesía, no exenta de protección y también ¿por qué no decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasión la extendía Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no habría error en afirmar que trascendía de nuestro planeta para difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba más que a sí mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos invitaba a emitir nuestra opinión, nos hacía hablar con la complacencia que se tiene en oir a los niños y sonreía dulcemente escuchando un rato nuestra charla insustancial y nuestros pequeños disparates. Era un verdadero examen de segunda enseñanza. Cuando se dignaba escudriñar mis escasos conocimientos, no podía menos de imaginar que yo era un microscópico insecto que por casualidad había caído en su mano y a quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados.

Todos le escuchaban con gran deferencia. Martí se manifestaba siempre orgulloso de poseer tal amigo y creía de buena fe que ni en España ni en los países extranjeros existía un hombre (en terreno teórico, por supuesto, porque en el práctico ya se sabe, allí estaba Martí) que pudiera comparársele; pero aún con más recogimiento que él le escuchaba Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atención más completa, una actitud más sumisa y devota que la de esta niña de perfil angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado, se entornaba hacia él y permanecía inmóvil como en éxtasis; sus ojos inocentes no pestañeaban.

La que menos placer sentía escuchando las disertaciones del opulento negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo, no tardé en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le interesaba. Se distraía a menudo, y en cuanto encontraba pretexto plausible para levantarse de la silla lo hacía. ¿Necesitaré decir que esta falta de veneración hacia un representante de la ciencia nada la hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no.

Además notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su esposo y que nunca los contrariaba cuando éste los exponía con su franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo. Así que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer pomposamente el elogio de Martí, de su vista clara, de su decisión y actividad, el semblante de Cristina se descomponía; perdían sus mejillas el poco color rosado que tenían, arrugábase su frente y los hermosos ojos adquirían extraña fijeza. Generalmente no podía resistir hasta el fin. Levantábase y salía de la habitación de un modo brusco. El bueno de Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no podía advertirlo.

¡Qué alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que aún más le elevó a mis ojos. Con la confianza que desde el primer día me había otorgado penetré en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra sollozaba (por variar) en un sillón, mientras él, de espaldas a la entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvió rápidamente y empujó la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco más grave y pensativo que de ordinario; pero la expresión bondadosa de su rostro no había desaparecido. Me saludó haciendo un esfuerzo para aparecer jovial, y, volviéndose luego a su suegra y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo cariñosamente: