—Vamos, mamá; no hay que apurarse. Todo quedará arreglado esta tarde. Váyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma.

—Gracias! ¡Gracias!—murmuraba la sensible señora sin dejar de llorar y moquear.

Al cabo recobró, en parte al menos, la energía vital y salió de la estancia, no sin darme a mí un fuerte y convulsivo apretón de manos y tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. Éste sacudió la cabeza y dijo sonriendo:

—¡Pobre mujer!

Yo le dirigí una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con palabras la pregunta. Martí se encogió de hombros y murmuró:

—¡Ps! ¡Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre señora y le proporciona muchos disgustos.

Como advertí que no deseaba entrar en más explicaciones, me guardé de pedírselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante después entró Cristina en el despacho, no de buen talante, y le preguntó:

—Mamá te ha pedido dinero, ¿verdad?

—No, hija mía—respondió Martí ruborizándose un poco.

—No me lo niegues, Emilio. Lo sé todo desde esta mañana.