—Bien; y aunque así fuese, ¿qué? La cosa no es para que esa frentecita se arrugue tanto—replicó él tocándola cariñosamente con el dedo.
Cristina permaneció silenciosa y pensativa unos instantes.
—Ya sabes—dijo al cabo con firmeza—que yo jamás me he opuesto a tus esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, aún más debía agradarme tratándose de un hermano. Pero me he preguntado muchas veces: Esta generosidad de Emilio ¿traerá en realidad buenas consecuencias? ¿No alentará a mi hermano a continuar la misma vida perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podría mimársele sin tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vería él la manera de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene hijos, y temo que éstos paguen las consecuencias de tu generosidad y de las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre... Además—añadió bajando más la voz y temblando un poco—, hoy no tenemos grandes obligaciones... pero podemos tenerlas...
—¡Ya lo creo que podemos!—exclamó Martí soltando la carcajada—. Me parece que la primera no tardará muchos días en llegar.
Las mejillas de Cristina se enrojecieron súbitamente. Emilio, cambiando de tono, se acercó a ella y, pasándole el brazo cariñosamente por encima de los hombros, le dijo:
—Tienes razón en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien veces más sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedírmelo me hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas... Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes la impresión que esto me produce.
Cristina levantó hacia él sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud; temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su emoción, salió precipitadamente de la estancia.
—¡Probrecilla!—exclamó Martí, riendo otra vez—. Tiene mucha razón. Sabas es un majadero.
—Ha jugado, ¿verdad?—pregunté yo animado por la confianza que me otorgaban.
—Mejor sería decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. ¡Es así el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas.