—Bajo su palabra... y bajo tu garantía—apunté yo.
—Es posible..., pero ¡qué se va a hacer! No es suya toda la culpa. Tiene una madre demasiado blanda.
—Y un cuñado demasiado bueno—pensé.
Martí me pasó el brazo por detrás de la espalda, y en esta forma nos encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doña Amparo. Allí estaban ambas; aquélla, seria, cejijunta; ésta, completamente repuesta de sus emociones. No tardó en llegar Matilde, que almorzaba con ellos. La observé triste y como avergonzada. Poco después entraron dos señoras, visita de confianza, y la conversación se animó, aclarándose la atmósfera pesada que reinaba en el gabinete.
Cristina salió un momento para alguno de sus quehaceres domésticos, y noté que dejaba olvidado el pañuelo sobre la silla. Entonces, con el disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fuí acercando a ella, me senté como por distracción, me apoderé, sin que nadie lo advirtiese, de aquel precioso objeto y lo sepulté en mi bolsillo. Inmediatamente me levanté y volví al lugar que ocupaba antes. Cristina apareció en seguida y advertí que dirigía la vista a todos sitios en busca del pañuelo; luego me clavó una mirada, y creo firmemente que adivinó en mi actitud que yo lo guardaba. Entonces, no atreviéndose a preguntar por él en voz alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar porque me lo cedía, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la estancia.
—¿Dónde estará mi pañuelo?
Nadie más que yo podía advertirlo, porque todos estaban distraídos con la conversación. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo su labor en silencio.
Iban a almorzar. Me marché a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su invitación. Tenía vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa conquista: porque la consideré tal en mi loca presunción después de lo que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurándome bien de que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la llave, saqué el pañuelo del bolsillo y me entregué a una serie de locuras que aún hoy recordándolas me hacen ruborizar. Aspiré su perfume con embriaguez, lo besé infinitas veces, lo coloqué sobre mi corazón jurando serle fiel eternamente, lo guardé junto con los retratos de mis padres, lo saqué otra vez para besarlo y otra vez lo guardé. En fin, llevé a cabo todos los desatinos imaginables, más propios en verdad de un estudiantillo de retórica que del capitán de un vapor de tres mil toneladas.