VIII

POR la tarde fuí con la familia al Cabañal, como de costumbre. Martí no nos acompañó por tener que evacuar cierto asunto (¿sería el de las cinco mil pesetas que perdió su cuñado?) De todos modos fuí lo bastante egoísta para alegrarme de su ausencia. Durante el viaje, y en las horas que permanecimos en la alquería, observé en la actitud y en los ademanes de Cristina algo que hacía temblar mi corazón de gozo y esperanza. No puedo explicar por qué, sin mirarme ni dirigirme una sola vez la palabra me sentía inundado de una felicidad celeste; pero así fué. Pasamos toda la tarde en el pabellón. Las damas trabajaban en su costura o bordado; yo leía o hacía que leía. Cristina, acometida de extraña languidez, no se levantó de su silla como a menudo solía hacer. Mientras los demás reían y bromeaban la vi permanecer silenciosa y grave, aunque sin ceño alguno. Su rostro estaba levemente enrojecido: mi imaginación me sugirió la idea de que era por los pensamientos que flotaban en su alma y por la vergüenza que le inspiraban. Nos fuímos luego a tomar chocolate a la casa, y mientras lo hicimos observé en ella la misma seriedad resignada y tierna; expresión que pocas veces reflejaba su rostro movible. Parecía embargada por suave enternecimiento no exento de vergüenza y melancolía. En el oscuro y desierto horizonte de mi vida empezaba a apuntar la claridad: así me lo decía el corazón. Durante aquella tarde memorable fuí tan feliz como deben serlo los ángeles en el Paraíso o el autor de un drama cuando sale a recibir los aplausos al escenario entre el barba y la dama joven.

Después de comer en mi hotel fuí a tomar café al Siglo con objeto de pasar luego un rato en casa de Martí. Encontré al penetrante Sabas con su pipa colgada de la boca sentado entre varios amigos, a quienes arengaba del modo grave y juicioso que le era peculiar. Me saludó con la mano, de lejos, y poco después, viéndome solo, se apartó del grupo y vino a reunirse conmigo.

Estaba de humor jovial y no parecía poco ni mucho meditabundo ni avergonzado por su calaverada del día anterior. Hablamos de nuestras diarias excursiones al Cabañal y se las describí como muy animadas y deleitosas. No quiso contradecirme abiertamente; pero comprendí por su gesto más que por sus palabras que miraba todo aquello como niñerías indignas de un hombre serio y maduro como él. Por lo que pude entenderle, Valencia guardaba placeres de más subido precio, otros encantos, y era lástima que yo me fuera sin gustarlos. No dijo cuáles eran; pero, dado lo que ya sabía, puedo suponer que debían relacionarse directa o indirectamente con la ruleta.

—¿Ha visto usted la famosa fábrica de piedra?—me preguntó de pronto con grave entonación, mientras en sus ojos bailaba una sonrisa maligna.

—Sí, la he visto.

—¡Buen negocio! ¿Y la no menos celebérrima manufactura de cerveza?

-También.

—¡Mejor negocio aún! ¿verdad?