Y allá en las profundidades de su garganta sonó una carcajada que no llegó a salir porque en aquel momento chupaba con ahinco la pipa. Yo estaba confuso, como si fuesen a ofender a alguno de mi familia, y le respondí en términos vagos que los negocios salían buenos unos y otros malos y que el resultado, más que de la inteligencia y la actividad de quien los emprendía, solía depender de circunstancias fortuitas.

—Eso rezará con otros, no con mi cuñado—respondió con gravedad sarcástica—. Los negocios de Emilio son siempre brillantes, porque es un genio práctico, esencialmente práctico.

—A mí me parece un hombre muy inteligente—manifesté con cierto embarazo.

—Nada, nada; no rebajo un ápice. Es un genio práctico, y su amigo Castell un genio teórico.

—En cuanto a ése ya podíamos hablar un poco—repliqué sonriendo para desviar el escalpelo hacia aquel antipático sujeto.

—Son dos genios ambos, cada uno por su estilo; los únicos genios que tenemos en Valencia.

Yo no sabía qué hacer ni decir. Aquel tono sarcástico me molestaba extraordinariamente. Sabas debió de advertirlo, porque, cambiándolo al cabo por otro más serio, se puso a hacer, como de costumbre, un análisis escrupuloso y razonadísimo de la conducta de su cuñado. Era de ver y admirar la gravedad, el aplomo, el aire de inmensa superioridad con que aquel hombre hablaba de los demás, la penetración con que descubría los móviles recónditos de todos los actos, la fuerza incontrastable de sus argumentos, los vaticinios tristísimos que formulaba. El caso es que yo no podía menos de hallar atinadas casi todas sus observaciones; pero como ya le conocía, me maravillaba y me indignaba al mismo tiempo escuchándole. Traté de llevarle la contraria; pero viendo que esto no servía más que para mejor hacer lucir la perspicacia y seguridad de sus juicios, en cuanto tomé café y fumé un cigarro me despedí de él.

—De todos modos—le dije apretándole la mano—, no cabe duda que Emilio es un hombre muy bueno y tiene mucho talento.

—Convenido—respondió él devolviéndome el apretón—; pero confiese usted que no le vendría mal un poco de sentido común.

Salí del café colérico y entristecido. De buena gana le hubiera soltado a la cara a aquel zángano lo que había sabido casualmente por la mañana. Me dirigí con lento paso hacia la casa de Martí; pero en el camino mis pensamientos tomaron una dirección sobrado melancólica. Me invadía de tal modo cierto malestar moral, que ya por la mañana había comenzado a punzarme mezclándose a mis sabrosas esperanzas, que no tuve ánimo para subir las escaleras, y desde el portal me volví al hotel y me acosté.