¡Noche memorable aquella para mí! Tan pronto como apagué la luz comprendí que iba a tardar mucho en conciliar el sueño. Una turba de pensamientos corría desbocada por mi cerebro, agitándolo, martirizándolo. La imagen graciosa de Cristina venía en el centro de ellos, pero no lograba aplacar su ardor ni reprimir su carrera. En vano repetía mi fantasía la escena del pañuelo y aquel adorado semblante enternecido y confuso cuya vista me había hecho feliz todo el día. En vano evocaba la dicha celeste que en plazo más o menos breve iba a descender sobre mí. Fuese ilusión o realidad, yo pensaba que la naranjita comenzaba a amarillear y respondía ya con leve temblor a las continuas sacudidas que mi mano daba al árbol. Quizá no tardaría en caer en mi regazo. Pero debía confesarlo; este porvenir halagüeño no me dejaba alegre y tranquilo, como pudiera esperarse. Si tuviese este poder, también lo tendría para cerrar mis párpados, y no lo hacía. Mis ojos estaban cada vez más abiertos; la frente me abrasaba la mano cuando la ponía sobre ella; todo mi cuerpo experimentaba extraño desasosiego que me obligaba a cada instante a cambiar de postura. Aquel extraño dolor, cuyos primeros leves alfilerazos había sentido durante el día, me clavaba ahora las uñas de un modo intolerable.

Este malestar no era otra cosa que el remordimiento. Para que un hombre sea realmente feliz es menester que esté contento de sí mismo, y yo no lo estaba. Otra imagen melancólica, dolorosa, venía siempre detrás de la de Cristina en la procesión interminable de mis pensamientos, turbando la dicha que yo entreveía. Era la de Martí. ¡Pobre Emilio! ¡Tan bueno, tan generoso, tan inocente! Su suegra le sacaba el dinero y le arruinaría sin escrúpulo para alimentar los vicios de un hijo gandul; su fraternal amigo le vendía; su cuñado, a quien colmaba de beneficios, se burlaba de él públicamente. No tenía a su lado más corazón amante y fiel que el de su esposa. ¡Y yo, un advenedizo, a quien había concedido tan franca y cariñosa hospitalidad, iba villanamente a arrebatárselo! Esta idea oprimía mi corazón, me hacía desgraciado. En vano me esforzaba por representarme con bellos colores la dicha de ser amado de Cristina, el goce intenso de la pasión, la alegría del triunfo. En vano trataba de amenguar mi delito con ejemplos, trayendo a la memoria las faltas de otros. En mis oídos sonaba siempre una voz severa asegurándome que, conseguido mi objeto, sería infeliz. Y mis nervios, alterados, me hacían dar vueltas y vueltas entre las sábanas, con los ojos cada vez más abiertos.

Trascurrían las horas y sonaban lentas, sonoras, melancólicas en el reloj de la catedral. Quería con empeño cerrar los ojos y dormirme; pero unos dedos ardorosos e invisibles me levantaban de nuevo los párpados. Al fin me incorporé bruscamente en la cama, encendí la luz, me vestí, me puse a pasear por la habitación. Y cuando hube caminado algún tiempo, penetrando en los asilos más secretos de mi corazón, comprendí lo que era necesario hacer. Apelé al cloral, al más seguro cloral, al que jamás ha dejado de darme resultado en noches como ésta de insomnio y conflicto. Renuncié de una vez a mis deseos, a mis esperanzas, a los goces del amor y a los halagos del amor propio. Entré armado de látigo en mi espíritu y arrojé de él esa voluntad pérfida que tan pocos placeres nos da y tantos resquemores nos causa. Trabajo me costó, porque huyendo de mí se escondía por todos los rincones, me obligaba a perseguirla de cerca y no dejarla punto de parada. Pero al fin logré echarla de veras y quedé en medio del gabinete fatigado, sudoroso, como quien acaba de cumplir una obra bien trabajosa, pero tranquilo. Torné a desnudarme, caí en el lecho, y el dios alado hijo del Sueño y de la Noche me trasportó en sus brazos al misterioso palacio de su padre.

Cuando desperté el sol esparcía ya desde lo alto del firmamento sus rayos de oro sobre la ciudad. En cuanto me vestí fuí derecho a casa de Emilio. Estaban reunidos en la sala de costura los esposos y con ellos doña Amparo, Isabelita y doña Clara, una modista y una doméstica. La primera pregunta que me dirigieron fué por qué no había ido la noche anterior. Me disculpé con un dolor de cabeza. Cristina, que bordaba cerca del balcón, no levantó la suya, pero observé en su rostro la misma expresión soñadora, de suave enternecimiento. Así que me puse a hablar con los demás también noté que me dirigió alguna rápida y tímida mirada.

Aproveché un momento en que estaban todos distraídos y me acerqué a ella. Saqué su pañuelo del bolsillo, y en voz no tan alta que los tertulios pudieran oirlo ni tan baja que pudieran sospechar algún secreto, le dije:

—Ayer guardé distraídamente un pañuelo de usted pensando que era el mío. Hasta que llegué a casa no observé la equivocación. Aquí lo tiene usted.

Levantó la cabeza; me dirigió una intensa mirada de sorpresa; tiñóse su rostro de vivo carmín; cogió con mano temblorosa el pañuelo que yo le tendía y de nuevo humilló su frente al bastidor.

Después de esto quiero que ustedes me digan con franqueza si no tengo derecho a reirme de César, de Alejandro, de Epaminondas y en general de todos los héroes de la antigüedad pagana. Por lo menos yo vivo en la íntima persuasión (y este pensamiento me ha engrandecido enormemente a mis propios ojos) de que si Epaminondas se hallase en mi caso no hubiera devuelto el pañuelo.

Volví de nuevo al grupo y seguí charlando con animación, quizá con demasiada animación. Mi alma estaba profundamente turbada y debo declarar, ya que estas memorias son una franca confesión, que, aunque orgulloso de mi heroísmo, no experimentaba, ni mucho menos, ese dulce contento que al decir de los moralistas acompaña siempre a las buenas acciones.

Almorcé con ellos, fuimos después al Cabañal y se pasó la tarde con la misma alegría de otras veces. Pero la mía era aparente. Cuando me cansaba de disimular o me distraía, seguro estoy de que debía de mostrar una triste figura. Cristina no se cuidaba de disimular su preocupación. Toda la tarde estuvo pensativa y seria hasta el punto de hacer reparar en ello. Por la noche ¡loado sea Dios! tuve ocasión de soltar la llave a los pensamientos que embargaban mi espíritu y desahogarme un poco.