Sucedió que Martí había sacado de su librería las obras de Larra y nos leyó por pasar el rato uno de sus artículos más deliciosos, titulado El castellano viejo. Todos reímos y celebramos el donaire y el ingenio de aquel gran escritor satírico. Con este motivo hablamos de su vida y de su trágico fin en lo más florido de la juventud, pues aún no contaba veintiocho años cuando abandonó voluntariamente este mundo.

—¿Y por qué se mató?—preguntó Matilde.

—Por lo que suelen matarse los hombres—respondió Martí—, por una mujer.

—¡Ya lo creo! ¡Cuando no se matan por dinero!—exclamó la joven haciendo un mohín de enfado.

—Esos son los que no han perdido por completo la razón; pero hay muchos más de los primeros—replicó aquél riendo.

—Muchas gracias. ¿Y era casada o soltera la interesada?

—Casada. Se dice que mantenía relaciones ilícitas con ella estando el marido ausente, que éste anunció su regreso y que ella entonces, arrepentida o temerosa, le significó su resolución de cortar aquellos comprometidos amores. El dolor de Larra fué tan vivo que, no pudiendo sufrirlo, se dió un tiro.

—Pues ella ha hecho muy bien y él ha sido un tonto en quitarse la vida teniendo tan pocos años y habiendo en el mundo tantas mujeres en que escoger para casarse.

—Era casado ya—replicó Martí.

—¿Era casado?—exclamaron a un tiempo y con indignación las mujeres.