—Y con varios hijos.

—¡Entonces que le ahorquen...! ¡Que le degüellen...! ¡Que echen a la basura a ese pillo...! ¡Vaya un chasco!

El furor de las damas nos dió que reir. No faltó quien hizo observar que ella también era casada y que este detalle no parecía haberles irritado tanto.

—Porque las mujeres son unas criaturas débiles... Porque las mujeres no van a buscar a los hombres... Porque se las engaña con palabritas de miel... Porque se excita su compasión fingiéndose locos y desesperados.

—Tienen ustedes razón—dije yo entonces para calmarlas—; el que resiste no debe incurrir en la misma responsabilidad, si al fin desmaya, que el que voluntariamente ataca... Pero viniendo al caso concreto de que hablábamos, mi opinión es que Larra dió más pruebas de egoísmo suicidándose que de amor fino y delicado. Si hubiera amado realmente a esa mujer, habría respetado su arrepentimiento, la habría considerado por él más digna de adoración y habría encontrado en su propio corazón y en la nobleza del ser idolatrado recursos para seguir viviendo. Al quitarse la vida, al privar a sus hijos de un padre y a la patria de un español insigne, no pudo menos de hacer pensar que no amaba a su querida por las cualidades amables con que el cielo la había favorecido; lo que amaba en ella era su propio placer.

Las señoras aprobaron con alegría mis palabras. Esto excitó la susceptibilidad sapientísima de Castell: o tal vez cediendo únicamente al constante anhelo de instruir a sus semejantes, creyó indispensable el echarse hacia atrás en la silla y apuntándome con su dedo meñique resplandeciente de sortijas darme un curso completo de filosofía.

Razonamientos bien encadenados, frases primorosas, gran copia de datos psicológicos, biológicos y sociológicos: todo para venir a parar a aquello de que “el hombre está encadenado fatalmente a sus propias sensaciones”, que “no existe otro motivo verdadero más que el placer”, que “el mundo es una batalla sin tregua”, que “la lucha es condición imprescindible para la conservación y sostenimiento de la gran máquina del universo”, etc.

—Sin ella, amigo Ribot—terminó diciendo—, volveríamos al seno de la materia inerte. El combate nos adiestra, nos fortifica, es la única garantía de progreso; y el que, extraviado por una loca ilusión, intenta suprimir el antagonismo de los seres ataca la raíz misma de la existencia y pretende violar la más sagrada de sus leyes.

—¡Oh, sí!—exclamé yo con exaltación—. Seré un loco, pero declaro que sentiría placer inmenso en atacar esa ley sagrada. Quisiera levantarme una mañana con ánimo para hacerla pedazos. He pasado la mayor parte de mi vida sobre un elemento donde a esa ley sagrada se le rinde culto fervoroso. En el fondo del mar los seres se devoran con devoción infatigable: el más grande se merienda religiosamente al más pequeño. Por parte de los peces puede usted estar seguro, Sr. Castell, de que la gran máquina del universo no sufrirá avería. Pero, lo confieso ingenuamente, nunca he podido acostumbrarme a esos procedimientos en los cuales los animales acuáticos nos llevan ventaja a los terrestres. Algunas noches de verano, tendido bajo la toldilla de mi barco, me he preguntado: “¿Será posible que los hombres estemos obligados eternamente a imitar esa lucha feroz, implacable que siento debajo de mí? ¿No llegará un día en que renunciemos de buena voluntad a ella? ¿En que la compasión prepondere sobre el interés, y el dolor que causemos no sólo a un semejante nuestro, sino a un ser vivo cualquiera, se nos haga irresistible?”

—¡Sueños nada más! No es usted el primero que se ha mecido en esa quimera.