—¡Soñemos, pues, entonces!—proferí con arranque lírico de que no me suponía capaz—. Soñemos que esa triste realidad no es más que una apariencia, una horrible pesadilla de la cual quizá el espíritu humano despertará algún día. Y mientras tanto, que cada hombre se fabrique un mundo mágico y camine dentro de él acompañado del amor, de la amistad, de la virtud, de todos esos fantasmas hermosos que alegran la vida. Porque la vida, señor Castell, por equilibrada y fisiológica que sea, cuando la imaginación no se encarga de embellecerla, es cosa insípida y triste... Si la suerte caprichosa me arrastra alguna vez, como a Larra, a enamorarme de una mujer que pertenezca a otro (aquí mi voz no pudo menos de alterarse), no trataré pérfidamente de arrancarla al cariño de su marido para conquistar el placer, no la alegría. Tampoco me abrasaré el cerebro aterrando sin piedad a los míos. Trataré más bien de sacar partido de mi pobre imaginación, como el gran Petrarca lo sacó de la suya divina; la amaré; guardaré su imagen en el fondo del corazón; la rendiré culto desinteresado, y mi existencia, al contacto de este puro amor, adquirirá elevación y nobleza.

Desde el comienzo de nuestra conversación había sentido los ojos de Cristina posados sobre mí. Ahora la vi volverse con presteza hacia el piano para ocultar su emoción. Doña Clara, Matilde, Isabelita, aplaudieron. Emilio, riendo, me echó los brazos al cuello.

—¡Qué calor! ¡Qué entusiasmo, capitán! Yo soy un hombre esencialmente práctico y no puedo menos de dar la razón a Enrique; pero de todos modos, tú dices cosas muy agradables, muy lindas, y, lo que es más raro, sabes decirlas muy bien.

Así era la verdad, pese a mi modestia. Fué la primera y única vez en mi vida que me sentí orador. Y si en aquel instante la Junta directiva del Ateneo de Madrid me invitase a ello, pienso que no tendría inconveniente en dar en este Centro una conferencia sobre el porvenir de la raza latina u otro tema más amplio todavía.

IX

DESDE aquel día su actitud conmigo varió notablemente. Se mostró menos desconfiada y recelosa; no evitaba con tanto cuidado el mirarme cara a cara; cuando yo entraba no se ponía repentinamente seria como antes. Poco a poco su franqueza fué aumentando, haciéndose cordial y, en los límites de su temperamento reservado, afectuosa también. Su delicadísimo pudor le impedía recompensar con palabras las que yo había pronunciado en su presencia; pero se ingeniaba de un modo conmovedor para darme a entender que estaba satisfecha de mí.

Una tarde se hablaba de ciertos objetos que había comprado y que se le olvidaron en la tienda. Martí quería enviar por ellos a un criado. Ella entonces dice con aparente indiferencia:

—Ribot, ¿no tiene usted que pasar por la calle de San Vicente? Pues hágame el favor de recoger ese encargo y traérmelo esta noche.

Inundóme vivo placer. Por la noche cuando se lo entregué lo recogió con más indiferencia aún.