—Gracias—dijo secamente, sin mirarme.

No importa; yo estaba seguro de que aquello era una recompensa. Me sentí tranquilo y dichoso.

Pero al día siguiente de este pequeño y grato suceso el hado adverso me preparó el susto más grave que experimenté en mi vida de peligros y azares. Ni cuando encallé en el Río de la Plata, ni cuando los golpes de mar nos arrancaron el puente y la mitad de la obra muerta en el Canal de la Mancha, sentí de tal suerte encogido el corazón. La encargada de proporcionarme tan cruel desazón fué doña Amparo. Nos hallábamos en el gabinete de costura esta señora, Cristina y yo. Mientras ellas trabajaban yo hojeaba un álbum de retratos donde estaban los de toda la familia y los de muchos amigos. Yo preguntaba y doña Amparo me informaba de quiénes eran los originales. Cristina permanecía silenciosa.

—¿Quién es esta chiquilla tan simpática?—pregunté contemplando el retrato de una niña de diez o doce años—. ¡Vaya unos ojos hermosos!

—¿No la conoce usted?... Es Cristina.

—¡Áh!—exclamé sorprendido. Y mirando hacia ésta observé que se había puesto encarnada.

—Estaba aún en el colegio. ¿Verdad que era muy guapa?

—Ya lo creo—respondí tímidamente.

—Mamá, no digas ridiculeces. ¡Si parezco un pajarito desplumado!—exclamó la interesada riendo.

—¿Como un pajarito?—profirió su madre con indignación—. Estabas remonísima. Desde entonces no has hecho más que perder. ¡Ya darías algo por ser ahora como entonces!... Y si no que lo diga Ribot.