—Señora—murmuré algo confuso—, indudablemente era muy bonita en aquella época...; pero creo que ahora vale más.
Cristina se puso más colorada aún, bajó la cabeza y quedó silenciosa y grave. Su madre no quiso pasar por ello. Yo no me atreví a contradecirla ya abiertamente: sólo emitía monosílabos o frases de dudosa interpretación. Al cabo dejamos esa conversación, para mí peligrosa, y poco después avisaron que estaba la peinadora y Cristina se marchó a sus habitaciones.
Seguí hojeando el álbum y doña Amparo moviendo la aguja de marfil con la que tejía su labor de encaje. Guardábamos silencio; pero tres o cuatro veces que levanté los ojos observé que me miraba con insistencia molesta. Al cabo pude notar que suspendía su tarea, sin duda para mirarme más a su gusto.
—Ribot—pronunció en voz baja.
Me creí con derecho a hacerme el sordo.
—¡Ps! Ribot.
—¿Qué decía usted, señora?—respondí fingiendo salir de una gran distracción.
—Míreme usted a la cara.
—¿Cómo?... No entiendo.
—Que me mire usted a la cara.