Como no estaba haciendo otra cosa, aquella petición sería una redundancia absurda si no fuese, más que esto, en extremo inquietadora.
—Ahora, acerque un poco la silla.
La nueva exigencia me pareció muchísimo más inquietadora. Me apresuré, sin embargo, a cumplir sus órdenes arrastrando la silla con chirrido de mal agüero. Y adoptando un continente tranquilo y desembarazado, bien contrario al que me correspondía en aquel instante, esperé lo que tuviera a bien decirme. Doña Amparo me miró sonriente y después de larga contemplación dijo:
—Ribot, usted está enamorado de mi hija Cristina.
Primero pálido, luego encarnado, después otra vez amarillo, verde, azul... En fin, pienso que mi cara fué un arco iris por espacio de algunos segundos.
¡Señora!... ¡Yo!... ¿Cómo puede usted suponer?... ¡En mi vida he pensado!... ¡Qué idea!...
Doña Amparo, al verme en aquel estado de terrible agitación, se asustó y se puso también pálida. Cómo me vería, que echó mano inmediatamente a su frasco de sales, me agarró con una mano la cabeza y con la otra me lo puso en las narices. ¡Para sales estaba yo en tal instante! Aparté como pude de mí aquel cáliz, le dí las gracias y con dicción oscura y lengua balbuciente disculpé mi emoción por la sorpresa natural... La acusación era tan grave que a la verdad...
Doña Amparo sonrió con benevolencia, sin duda para calmarme, y no consintió que hablásemos otra palabra si no tomaba una perlita de éter para fortalecer los espíritus. La tragué, no sin dificultad, porque la garganta se me había apretado hasta el punto de que apenas podía respirar. Luego, para aplacar la justa indignación de aquella señora, volví a protestar de un modo cortado, incoherente contra suposición tan monstruosa.
—¡Yo enamorado!... ¿Cómo era posible que tuviese la osadía, la avilantez?... Su hija era un modelo de todas las virtudes... Nadie podía tener el atrevimiento de ofenderla con sentimientos que no fuesen de respeto y admiración... Menos yo que nadie, amigo de Martí, un hombre tan caballero, tan leal, que tantas pruebas me había dado de inmerecida estimación, etc., etc.
—Todo eso está muy bien, Ribot—manifestó doña Amparo mientras aspiraba con ansia por la nariz las sales de su frasquito—. Pero eso no impide que usted esté chalao, loco perdido por mi hija.