—Se equivoca usted, señora... Le aseguro a usted...
—Vamos, confiéselo usted—me dijo poniéndome una mano sobre el hombro y mirándome con semblante risueño y malicioso—. Aquí no hay nadie que nos pueda oir.
—¡Señora, por Dios!
—¡Confiéselo usted, tunante! ¡Confiéselo usted!
Y me dió un tironcito suave y cariñoso a la barba.
Yo estaba asustado, recelando algo siniestro, fatal.
—Quedará entre los dos el secreto. Usted está enamorado de Cristina como lo está Castell hace tiempo...
—En cuanto a ése...—dije yo viendo el postigo abierto para escapar.
—Ese es un tuno mucho más largo, y entre los dos, francamente, le prefiero a usted.
Quedé estupefacto. ¿Qué es lo que prefería aquella señora? ¿Por qué me hablaba de aquel modo? ¿Adónde iba a parar?