—¿Verdad que Cristina es muy guapa?—prosiguió con la misma ligereza—. ¡Tiene un tipo tan interesante, tan delicado! No extraño que usted se haya enamorado... Por supuesto, no le habrá dicho nada...
—¡Señora!....
—No, no se lo diga usted. Es una criatura bonísima, virtuosa, incapaz de faltar a su marido... Además, Emilio no tiene igual, ¡tan cariñoso! ¡tan leal! ¡tan espléndido! Adora a su mujer. Yo le quiero lo mismo que a un hijo. No consentiría por nada en el mundo que tuviese el más pequeño disgusto.
—Por mi causa no lo tendrá, descuide usted—me aventuré a decir.
—Eso le honra a usted, Ribot—replicó apretándome la mano—. Es usted muy bueno: bastante mejor que ese pillo de Castell—añadió sonriendo dulcemente—. Y, sin embargo, yo no puedo menos de querer a Enrique. ¡Es tan bueno! ¡Le encuentro siempre tan cariñoso conmigo! Luego, ¿qué culpa tiene el pobre de haberse enamorado?... Lo que está muy mal es decir cositas al oído a Cristina cuando Emilio no le ve... Supongo que serán tonterías... que es guapa, que tiene los ojos así y el pelo de otra manera... Pero no está bien. Emilio es su mejor amigo y si lo supiera tendría un disgusto... Usted, Ribot, es mucho más respetuoso. No se propasa a mirarla más que a hurtadillas... ¡Pero qué ojos la echa! Vamos a ver, pícaro, ¿se ha enamorado usted en Gijón o aquí?
—¡Por favor, señora!... Me siento en este instante tan aturdido, que va usted a dispensarme si me retiro.
—¡Qué reservado es, Ribot! Así, así me gusta. Los hombres de pocas palabras son los que mejor saben querer. Pero conmigo no debía de ser tan tímido. Ya sabe el cariño que le profeso. Ábrame su corazón, que yo haré lo posible por consolarle. ¿Con quién mejor que conmigo puede desahogar su pecho?
—Mil gracias, señora... Permítame usted que me vaya... Siento que ahora no podría decir nada razonable.
—¡Lo comprendo! Lo comprendo, querido Ribot—manifestó doña Amparo apretándome con efusión una mano entre las dos suyas—. Es usted como yo, demasiado impresionable, demasiado tierno. ¿Quiere usted otra perlita de éter?... Ni usted ni yo servimos para el mundo. No puedo ver a nadie sufrir. Aquí me tiene usted que, a pesar de adorar a mi yerno, de dar si fuera preciso la vida por él, viéndole a usted padecer por mi hija se me saltan las lágrimas... lloro como una tonta.
En efecto, doña Amparo no se calumniaba en este momento.