Yo no perdía de vista la mano en que Cristina estrujaba la carta. Emilio cerró al fin las carpetas, sin dejar sus largas, prolijas explicaciones. Después, levantándose de la silla y cogiéndome del brazo, detuvo a Castell en su paseo.

—Quieras o no, al fin entrarás en este negocio—le dijo siguiendo la broma.

—Ya sabes que yo no sirvo, Emilio—repuso el otro con sonrisa tranquila y protectora.

—Para trabajar no, ya lo sé. Pero como ídolo chino me puedes prestar un gran servicio. Como eres rico y pasas por hombre de ciencia (por más que sólo sabes lo que no te importa), te necesito para colocarte en el puesto más visible, en la presidencia del Consejo de Administración. Nadie te exigirá que trabajes. Te daremos una butaca cómoda y dormirás a ratos, y a ratos echarás bendiciones.

Cristina se había quedado cerca de la mesa. En pie y con expresión altiva dirigió a Castell una larga mirada. Luego, desplegando el sobre que arrugaba, lo rasgó tranquilamente, lo hizo trozos menudísimos, que arrojó en el cesto de los papeles rotos.

X

NUESTRO paseo aquella tarde se dirigió hacia la barraca de Tonet, donde se nos tenía preparado un refrigerio. Este Tonet, verdadero moro por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina. Siempre que se nos ocurría ir a visitarle nos recibía con la gravedad y cortesía de un señor feudal. Sin despegar los labios apenas, entendiéndose por signos con su mujer y sus hijos, nos hacía sacar sillas debajo del emparrado, y poco después solía servirnos higos, dátiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba provista su alacena. Cuando se le había prevenido, como en la ocasión presente, nos ofrecía helados riquísimos de vainilla y avellana. Era un hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero gustaba de ver alegres a los demás. Los domingos, y también muchas tardes, cuando terminaba temprano su faena, solía sentarse delante de la barraca y hacía sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo hacía para su regalo; aquello era un reclamo nada más. Poco a poco iban acudiendo a la suya todas las mocitas de las barracas próximas y se improvisaba un baile. Su hijo mayor, un niño de catorce años, tocaba el tamboril, y era casi tan grave y silencioso como él. Ambos pasaban horas enteras, uno soplando, el otro redoblando, serios, melancólicos, con los ojos fijos en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su música promovía.

Sabas, que aquella tarde era de la partida, se emparejó conmigo según íbamos caminando al través de los altos maizales, ya próximos a espigar. El primer asunto que propuso a mi consideración, chupando de la pipa y escupiendo a intervalos regulares, fué de índole esencialmente crítica. ¿Por qué su cuñado se obstinaba en sostener baldía aquella finca que tantos gastos originaba, cuando con poco esfuerzo se la podía hacer productiva? Cada uno de los elementos constitutivos de esta proposición fué examinado separadamente por un método rigurosamente matemático. Para ello formuló en primer lugar algunas definiciones claras, precisas, luminosas: «Qué es una finca de recreo.» «Qué es una finca productiva.» «Qué es una finca mixta de regalo y de utilidad.» Después de esto estableció algunos axiomas tan profundos como incontrastables: «Todo lo que es productivo debe producir.» «Para conseguir un fin deben aplicarse los medios.» «El hombre no está aislado en el mundo y debe pensar en su familia.» «La vanidad no debe influir en los actos humanos.» Inmediatamente vinieron las demostraciones parciales con sus escolios y corolarios, llegando al cabo suavemente, pero con lógica invencible, a la prueba de la proposición enunciada, a la cual puso el corolario siguiente: «Emilio es un hombre activo y emprendedor, pero al mismo tiempo un grandísimo botarate.» Satisfecho, y con razón, de su método, de su intuición y de la lógica con que el Supremo Hacedor había tenido a bien favorecerle, se puso acto continuo a chupar y a escupir con celeridad vertiginosa.

La segunda cuestión que aquella tarde atacó su espíritu lúcido me concernía directamente.