—Vamos a ver, Ribot, ¿usted no ha pensado en casarse?—me preguntó después de larga pausa, suspendiendo su pipa en el aire y clavándome una mirada escrutadora.
Confieso que me sentí turbado. Comprendí que las profundidades de mi alma iban pronto a ser sondadas y temblé viendo que aquel crítico trascendente se disponía a ensayar sobre mí su escalpelo.
—¡Pss!... los marinos pensamos poco en eso... Nuestra vida es incompatible con los placeres de la familia.
—Los marinos, cuando llegan a cierta edad y han alcanzado una posición independiente como usted, tienen derecho a retirarse tranquilamente y disfrutar de una vida confortable—replicó con la gravedad y aplomo que imprimía a todas las manifestaciones que salían de su boca.
¿Cómo sabía que yo había alcanzado posición independiente? Sólo por una maravillosa intuición, puesto que a nadie había dado cuenta del estado de mis negocios. Admiré en el fondo del corazón aquella penetración inmensa y me dispuse con humildad a averiguar acerca de mí mismo mucho más de lo que sabía.
Sabas meditó algunos minutos. Y mientras meditaba chupando de la pipa, sus mejillas se hundían de un modo sobrenatural. La fuerza con que extraían el humo del tabaco era tal, que estoy persuadido de que se tocaban por dentro. Al mismo tiempo, la intensidad de sus reflexiones influía de manera análoga en la secreción de las glándulas salivales.
—¿Por qué no se casa usted con mi prima Isabelita?—me dijo súbitamente, con ese acento brusco y perentorio que caracteriza a los hombres que dominan por el pensamiento a sus semejantes.
Isabelita caminaba emparejada con Matilde delante de nosotros. Yo empalidecí temiendo que hubiera oído aquellas gravísimas palabras, y asustado y confuso murmuré unas cuantas poco coherentes.
—Sí—prosiguió el crítico—; mi prima es una chica muy linda, muy modesta y además le admira a usted extraordinariamente.
—¿Me admira?—exclamé estupefacto—. ¿Y por qué me admira?—añadí cándidamente.