Sabas dejó escapar una sonora carcajada que provocó en sus bronquios una crisis de tos seguida de evacuación copiosa de nicotina.
—Eso se lo dirá ella cuando estén ustedes solos y mano a mano.
—No me ha entendido usted—repliqué yo picado—. Quiero decir que no reconozco en mí mérito alguno para ser admirado de nadie. Y en cuanto a Isabelita, siempre he creído que toda su admiración la consagraba a Castell.
—No tendría nada de particular. Un hombre que posee ocho millones de pesetas es un ser admirable. Pero esa admiración, en este caso, no puede engendrar ningún resultado práctico. Castell sostiene una mujer públicamente, tiene con ella varios hijos y ninguna joven de buena familia puede pensar en él. Con usted el caso es distinto: es posible llegar rápidamente a una solución satisfactoria, y mi opinión es que debe usted dejar su vapor y embarcarse a toda prisa en esa linda goleta. Sencilla, modesta, bien educada, hacendosa, acostumbrada a la severa economía de una casa donde se dan cien vueltas a un duro antes de soltarlo, hija única y heredera universal de todo el dinero de su padre. Y mi tío Retamoso posee más de lo que la gente se figura. ¿Quién supo jamás el dinero que tiene un gallego? Por supuesto, mientras él viva no verá usted una moneda de cinco céntimos; pero ¿a usted qué le importa? En los primeros años de matrimonio se sostendrá usted bien con el capital que posee, y cuando las necesidades aumenten y la edad haga más apetecibles ciertas comodidades, vendrá la herencia de su suegro a llenarlas, proporcionándole a usted un alegrón...
Otra porción de reflexiones juiciosas fluyeron, como abejas sabias y diligentes, de la boca de aquel hombre extraordinario. En mi vida he visto atar tan primorosamente todos los cabos sueltos de la existencia, afinar la puntería y extraer la quinta esencia de las relaciones humanas. Aunque se tratase de mi porvenir, y me sintiese, por lo tanto, embargado por la nueva perspectiva que se ofrecía a mis ojos, tuve, sin embargo, bastante libertad de espíritu para admirar la dialéctica de su discurso, su riqueza sorprendente de formas, de construcciones, de giros, de distinciones y sutilezas lógicas; el perfecto encadenamiento de sus razonamientos. El mundo sensible, pensé, no tiene secretos para este hombre, y el mecanismo de su razón funciona con una exactitud de cronómetro.
Cuando llegamos a la barraca y nos hubimos sentado para tomar el refrigerio que nos tenían preparado, Emilio, que estaba cerca, me preguntó en voz baja:
—¿Conque estás decidido a irte pasado mañana?
—No hay más remedio. El barco debe de llegar de un momento a otro.
—¡Qué lástima!—exclamó con acento melancólico; y poniéndome una mano cariñosamente sobre el hombro añadió:—¿Sabes, pícaro, que nos íbamos acostumbrando a ti?
Me sentí conmovido por aquellas palabras, y más aún por la nube de tristeza que oscurecía su rostro alegre y simpático. Guardé silencio. Él hizo lo mismo, echándose hacia atrás en la silla y permaneciendo, contra su temperamento, pensativo y melancólico. Al cabo volvió a decirme casi al oído: