—Si siguieses mi consejo renunciarías a la vida de marino, que, digas lo que quieras, es un poco aventurera, y te casarías como una persona formal. ¿Vas a estar solo siempre? ¿No piensas en la vejez y en lo triste que es pasar los últimos años de la vida en poder de manos mercenarias, sin niños que alegren tu casa, sin una mujer que mantenga en ella el orden y el bienestar?

—Soy viejo ya—respondí sonriendo, pero triste en el fondo del alma—. Tengo treinta y seis años.

—Es buena edad para el hombre. Además, por el aspecto y por tu fuerza y agilidad eres un muchacho... Yo conozco—añadió echando una mirada maliciosa hacia el sitio donde estaba Isabelita—una niña de diez y ocho abriles que se casaría contigo con preferencia a todos los pollastres de la ciudad.

—¡Bah!... Esa niña se reiría si le propusieras un hombre que le dobla la edad.

—No lo creas. Puesto que ya sabes quién es, te diré en confianza que Isabelita te admira.

—¡Pero hombre!...

—Nada, nada; me consta de un modo seguro que te admira.

La cosa era grave. Aquella admiración inopinada me causaba inquietud y vergüenza. No podía contemplar mi rostro al espejo porque no había allí ninguno; pero miraba mis manos velludas y atezadas, echaba una rápida ojeada a mis pies, nada pequeños ni primorosamente calzados, y me era imposible adivinar la naturaleza y la extensión de mis encantos.

Ahora bien, lo menos que puede hacer un hombre que, con razón o sin ella, se siente admirado por una muchacha, es pasarle el plato de las aceitunas preguntándole si gusta. Eso es cabalmente lo que yo hice poco después de haber llegado a mi noticia que había fascinado a la niña de Retamoso. Pinchó ella con su tenedor una, e inmediatamente su lindo rostro se cubrió de rubor, como si en vez de la aceituna hubiera pinchado mi corazón. No estoy seguro, pero se me figura que poco después de acaecido esto, le serví una rajita de salchichón. El mismo rubor inundó su frente con el embutido que con las aceitunas. La repetición consecutiva de este fenómeno fisiológico introdujo la alarma en mi espíritu. Todos mis sentimientos caballerescos se sobreexcitaron de tal modo que, en un buen espacio y con intervalos demasiado cortos, no paré de ofrecerle entremeses. Pienso que, de haber aceptado todos los que le ofrecí aquella tarde, ninguna purga podría corregir los excesos de mi galantería, y aquel ser angelical habría desplegado sus alas al cielo víctima de una indigestión.

Una vez lanzado por la pendiente de las gentilezas, no vacilé en sentarme a su lado para comunicarle que tenía unos ojos extraordinarios, indescriptibles; unas mejillas sonrosadas, tersas, indescriptibles, y unas manos pequeñas, torneadas, suaves... y también indescriptibles. El conocimiento de estos datos le causó profunda sorpresa, a juzgar por el gesto de incredulidad que apareció en su semblante. Me dijo que sí, que podían muy bien describirse, y que sólo un pícaro marino acostumbrado a engañar mujeres por todo el litoral podía hallar imposible semejante empresa. Dicho esto, se puso más encarnada que una cereza. La conversación se prolongó largo rato en dulce y ameno discreteo, como si representásemos una comedia de capa y espada, y mientras duró, el flujo y reflujo de la sangre fué constante en el rostro de Isabelita. Yo me excedí a mí mismo, como dicen los revisteros de periódicos de los malos cómicos, esto es, estuve sutil, bromista, retozón y perfectamente tonto. Nuestra charla llamó la atención de los demás, y pude observar que nos miraban con curiosidad y se dirigían unos a otros guiños maliciosos.