—Usted dirá—replicó mirando por encima de mi cabeza al firmamento y en un tono glacial que, por la razón de antes, me infundió calor y no frío.

—Quisiera pedirle a usted un consejo y apenas me atrevo... Habrá usted observado que esta tarde estuve un poco más expresivo con su prima Isabelita, como si tratase de obsequiarla.

—No he observado nada—respondió con mayor sequedad aún.

—Pues así es la verdad; y si me he autorizado el hacerlo, a pesar de la gran diferencia de años que entre nosotros existe, ha sido únicamente porque Isabelita me admira.

Me miró estupefacta, como si recelase que me hubiera vuelto loco.

—Al menos eso es lo que me han dicho categóricamente tanto su hermano Sabas como Emilio.

—¡Qué tontos!—exclamó con leve sonrisa, comprendiendo mi intención—. Son capaces de poner en ridículo a cualquiera. Afortunadamente, usted es hombre de juicio y no hace caso de tales simplezas, que si no, ¡buena quedaría mi pobre prima!

—Es el caso que, a pesar de todo, yo he dado algunos pasos para conquistar su voluntad, y antes de ir más adelante quisiera obtener la aprobación de usted.

—¡Mi aprobación!—exclamó turbada y con voz sorda—. ¿Para qué necesita usted mi aprobación, ni qué tengo yo que partir en este asunto? Pídala usted a sus padres.

—Antes de pedirla a sus padres quisiera la de usted... Ya sé que no tiene ningún interés directo en este asunto; pero se trata de su prima, a quien usted quiere mucho al parecer, y se trata de mí, a quien inmerecidamente ha distinguido con su aprecio. Nadie mejor que usted puede dar en este caso un consejo leal, y yo, en nombre de nuestra buena amistad, se lo pido como un favor al cual quedaría agradecido por los días de la vida.