Guardó silencio largo rato. Caminábamos emparejados entre los altos maíces, que hacían aún más tenue la escasa claridad del crepúsculo. Yo la observaba con el rabillo del ojo y me parecía advertir en su rostro leves, imperceptibles cambios. Su frente tan pronto se arrugaba como se extendía; sus labios se movieron varias veces sin dejar escapar ningún sonido. Al cabo profirió con voz temblorosa:

—Me alegro mucho de que usted haya hecho su elección al fin. Los hombres no deben vivir solos, y menos los que, como usted, tienen un temperamento afectuoso, indulgente y saben apreciar el corazón delicado de una mujer. Isabel es muy niña; poco puedo decirle de su carácter. Usted se encargará de formarlo. Pero sí puede asegurarse que sabrá cumplir los deberes de ama de casa: es trabajadora, hacendosa, económica... y sobre estas cualidades que se ocultan hay otra que se manifiesta: es muy linda también.

—Olvida usted una que me la hace más preciosa y apetecible.

—¿Cuál?

—La de ser prima de usted.

Su hermoso rostro se oscureció, fruncióse su frente y respondió con acento de severidad:

—Si usted no estimara a mi prima por sí misma, si la tomara como un juguete para distraerse de otras ilusiones o, lo que sería aún peor, para seguir alimentándolas en secreto en perjuicio suyo, cometería usted un grave pecado, y desde luego le aconsejo que en ese caso no piense en ella, que la deje tranquila.

Pronunciadas estas palabras avivó el paso y se reunió a los demás, dejándome solo.

Cuando montamos en los carruajes para regresar a la ciudad yo estaba demasiado melancólico y emboscado en serias meditaciones para seguir haciendo el cadete con Isabelita. Pretextando dolor de cabeza me situé en el pescante, y al llegar hice valer también el pretexto para no subir a casa de Martí y retirarme al hotel.

A las ocho de la mañana me despertó la voz gozosa de Emilio, que entró en mi cuarto como un huracán, abriendo las ventanas y sentándose sobre mi cama.