—Ya no te vas mañana, capitán—exclamó riendo y tirándome de la barba para concluir de despertarme.

—¿Pues?—respondí mirándole con asombro.

—Porque mañana vas a ser padrino de una niña más hermosa que la estrella de la mañana.

—¿Cómo...? ¿Cristina...?

—Sí; Cristina se sintió indispuesta en cuanto nos dejásteis solos. Pensamos que se repetía el accidente de la tarde; pero ella, que debía saber a qué atenerse, nos pidió que avisásemos a la mujer que tenía ya hablada para el caso. Por lo que pudiera suceder, avisé al médico; pero no le consintió entrar en el cuarto. Con la mujer se arregló la pobre... ¡Qué valor! ¡Qué sufrimiento, capitán!... Ni un grito, ni una queja siquiera. Yo andaba muerto, desencajado, pidiéndole por Dios que chillase... No comprendo el sufrir sin quejarse... Me aterran los temperamentos como el de Cristina, que en los mayores dolores no dejan escapar un lamento... A las dos de la madrugada salió mi valiente mujer de su cuidado, haciéndome padre de la chica más linda, más salada y de más talento que ha visto el sol de Valencia..., digo, que verá, porque todavía no lo ha visto.

Alzóse de la cama, dió unas cuantas vueltas por la estancia, volvió a sentarse, se levantó de nuevo y ejecutó una porción de maniobras que demostraban la agitación placentera de su espíritu. Yo me sentía también profundamente impresionado y le felicité con palabras calurosas. Cuando hubo una pausa le pregunté:

—¿De modo que me concedes el honor de ser su padrino?

—Tendría gran placer en ello, sí tú aceptas... A la verdad, yo había pensado primeramente en Castell... No te ofenderás por ello ¿verdad...? Enrique es, más que amigo, un hermano mío... La cosa era natural... Pero te diré en secreto que Cristina se opone. Escrúpulos religiosos, ¿sabes?... Como Enrique profesa esas ideas tan atrevidas y las emite con demasiada franqueza, las señoras no pueden perdonárselo... Todo depende de que no es un hombre práctico... Podría muy bien tener todas las ideas que quisiera, si las guardase un poco más cuando estuviera entre mujeres... Luego yo me río mucho de sus ideas materialistas... ¡Materialista Enrique, cuando no hay hombre más bondadoso en el mundo!... Porque, a pesar de su enorme talento y de su ilustración pasmosa, Enrique es un niño, ¿sabes? ¡un corazón de oro!

Y al proferir estas palabras con acento resuelto sacudía su negra cabellera ondeada de un modo que daban ganas de reir y llorar al mismo tiempo.

—¿Y Cristina qué dice de la sustitución?