—En cuanto pronuncié tu nombre se alegró mucho.

Yo me sentí alegre también al escucharlo. Me vestí apresuradamente y marché a conocer el nuevo astro. Al día siguiente fuimos a la iglesia y cumplí mis deberes con emoción, rebosando de orgullo. Al otro tomé el tren de Barcelona, prometiendo a mis amigos volver pronto a visitarles, y a mí mismo, de un modo vago, hacer definitiva la visita sentando mis reales en Valencia.

XI

PERSISTIENDO en este propósito eché mis cálculos mientras duró el viaje. Y hallando que, si no era rico, podía vivir cómodamente con el caudal que poseía, en cuanto regresé a Barcelona pedí mi retiro a la casa armadora.

No puedo explicar con claridad los sentimientos que en aquella ocasión embargaban mi alma. Reinaban en ella la confusión y el tumulto. El amor apasionado de Cristina; la hermosura angelical y la inocencia de la niña de Retamoso; el deseo de reposo, de una vida cómoda y tranquila que todo hombre siente al llegar a cierta edad, y las severas amonestaciones de la conciencia que discutían mi derecho a obtenerlo en aquellas circunstancias, gritaban simultáneamente dentro de ella. Pero había un sentimiento que, aunque quieto y silencioso, tenía más fuerza que los demás: el deseo ardiente de habitar cerca de Cristina, de vivir en su intimidad y no perder de vista jamás su rostro hechicero. Nada pensaba hacer contra la paz de su corazón y el honor de su marido, pero sería dichoso con sólo gozar de su presencia toda la vida.

En estas disposiciones, ni santas ni criminales, tomé el tren de Valencia a los dos meses próximamente de haber salido de ella. Al cruzar por una estación del trayecto creí percibir en la ventanilla de un tren que estaba parado la silueta de Sabas, y cerca de él una cabeza rubia de mujer, que no era la de Matilde.

—¡Sabas! ¡Sabas!—grité.