Cuando me percibió saludóme afectuosamente con la mano. La señora que estaba a su lado también agitó la suya sonriendo con mucha expresión, no sé por qué, pues no la conocía. Quedé perplejo: me asaltó la duda de si me habría equivocado. ¿Sería realmente Matilde? No tardé en averiguarlo.

Llegué a Valencia antes de oscurecer. Después de dejar los bártulos en la fonda alquilé un coche para dirigirme al Cabañal, donde sabía que Martí se había instalado ya. Ansiaba consultar con él mis planes. Al aproximarme a la alquería sentí latir el corazón con violencia. Esto sublevó nuevamente mis sentimientos honrados. «¿Estamos en esas?—me dije con despecho—. ¿Tratas de contraer un vínculo sagrado, de entregar tu corazón a una niña inocente y no puedes reprimir tus impulsos libertinos? ¿Vas a estrechar la mano de un amigo, a hacerle tu confidente, tu deudo, y no puedes limpiar el espíritu de pensamientos traidores?»

La familia estaba reunida en el comedor. Observé inmediatamente en los semblantes cierta tristeza y desusada gravedad. Tenían todos una cara larga y aun consternada que me inquietó sobremanera. Sin embargo, Martí me abrazó con su acostumbrada cordialidad, mostrando alegría sincera por mi llegada. Fuí dando la mano a todos, y al llegar a Matilde le dije sin reflexionar:

—¿Conque está usted viuda? He visto a su marido en una estación. No le he podido hablar, pero nos hemos saludado.

Acabando de pronunciar estas palabras quedé estupefacto viendo que se echaba a llorar perdidamente.

Y apretándome la mano de un modo convulsivo, entre sollozos que le rompían el pecho, me dijo:

—¡Gracias, Ribot!... ¡Muchas gracias!... Mi marido se ha fugado con la dama joven.

—He visto a su lado una señora rubia, pero no pensaba...—balbucí desconcertado.

—Sí, sí; la dama joven—profirió sin dejar de sollozar.

—Dispénseme usted; como ha sido tan rápido mi paso no pude reparar... pero sí me parece que era joven.