—¡Qué había de ser joven, si tiene más de treinta años!—exclamó con furor—. ¡Más pintada y retocada que una muñeca de bazar!... ¡Había que verla por las mañanas en el balcón!

Martí vino en mi auxilio, diciéndome en voz baja:

—Era la dama joven de la compañía que actúa en el teatro.

—¡Ah!

Todos guardamos silencio y miramos obstinadamente al suelo, como en las visitas de pésame. No se oían en la estancia más que los sollozos cada vez más vivos de la ultrajada esposa. La situación era molesta y angustiosa en alto grado. Afortunadamente, doña Amparo tuvo la feliz idea de desmayarse, y este accidente introdujo en la escena un elemento de variedad que aprovechamos inmediatamente. Volamos a su socorro. Abriéronse varios frascos de tapón esmerilado. Esparcióse por el comedor un olor penetrante de botica. Lágrimas, abrazos, suspiros, besos. Al cabo se restableció el equilibrio y las cosas volvieron a su ser.

Yo quise perder el mío con el olor del éter; pero antes de que esto sucediera Martí me sacó de la habitación y me llevó a su despacho.

—¡Has visto qué contratiempo!—exclamó sacudiendo la cabeza con profundo disgusto.

—¿Pero cómo ha sido eso?

—Nada, que la otra noche ganó tres o cuatro mil pesetas en el juego y se las va a gastar alegremente con una cómica.

—¡Qué locura!... Pero volverá...