—Ya lo creo que volverá... En cuanto se le concluya el dinero, como la otra vez.
—¿Otra vez?
—Sí, hace tres años por este tiempo se marchó con una amazona del circo... Pero entonces llevaba más dinero que ahora.
No quise insistir preguntando más pormenores porque observé que Martí se iba poniendo nervioso. No hay nada más triste que la tristeza de un hombre alegre. Para distraerle cambié de conversación, hablándole de mí y de los proyectos que traía. Inmediatamente su fisonomía se dilató y una sonrisa bondadosa retozó por sus labios.
—¡Bravo, capitán! Al fin vas a ser nuestro—exclamó abrazándome hasta asfixiarme.
Hablamos del asunto y lo examinamos con atención. Al cabo convinimos en que, supuesta mi edad y carácter, no debía conducirme como un cadete, sino con toda formalidad. Después de logrado el sí de Isabelita, cosa que le parecía a Martí resuelta ya, era necesario, antes de proseguir nuestras relaciones, visitar a sus papás y hacerles sabedores de ellas. Este paso me captaría su estimación y marcharía sobre seguro. Me animó, me abrazó repetidas veces llamándome primo y me prometió ayudarme en cuanto pudiese, y en nombre de Cristina lo mismo.
Tornamos al comedor. Nuestros semblantes alegres formaron contraste con los graves y abatidos que allí había. Doña Amparo conservaba en los ojos las huellas de la inundación pasada. Matilde no hay que decir cómo estaba. Isabelita, que se hallaba pasando una temporada con sus primos, me acogió con el mismo rubor, pero sin grandes señales de regocijo, lo que yo achaqué al disgusto de su familia. Castell, como siempre, displicente y frío. Cristina... No puedo explicar cómo hallé a Cristina. Me pareció más pálida que de ordinario y distraída. Había en sus ojos una extraña tristeza que me impresionó dolorosamente. Imaginé en seguida que se hallaba bajo el peso de un profundo pesar y que no podía ser otro que el infame galanteo de Castell. Quizá éste habría estrechado el cerco. Tal vez... ¡Oh, qué idea!
Tan sólo vi sus ojos brillantes de alegría al entrar la nodriza con mi ahijada en brazos. Era un hermoso botón de rosa, fresco, suave, delicado y, por supuesto, como es de rigor, dotado de inteligencia pasmosa. Martí hubiera dado testimonio de ello con su sangre. Para llevar el convencimiento a nuestro espíritu no halló medio más adecuado que entregarse a una serie de representaciones mímicas, algunas de las cuales obtuvieron éxito sorprendente. Principió entonando con voz de sochantre un canto de iglesia. La niña no tardó en hacer pucheritos y romper a llorar. Cantó después unas seguidillas, y la chica se alegró y brincó, queriendo arrojarse al suelo, sin duda, para arrancarse con cuatro pataditas. Ladró, mayó, hizo el gallo, y al instante pudimos comprobar que la pequeña no carecía de nociones zoológicas y tenía idea de las clasificaciones introducidas en el reino animal.
Demostrada la tesis en forma que no daba lugar a duda, y orgulloso de la impresión que sus notables experiencias habían logrado causar en la asamblea, Martí creyó procedente arrancar la niña de brazos de la nodriza y agitarla repetidas veces en los suyos como un frasco de tinta. Acaso imaginaba por este medio de concentración vigorizar aún más sus facultades psíquicas. Pero no consiguió más que ponerla negra. La criatura, no familiarizada con el nuevo método, lo rechazó a grandes gritos con toda la indignación de su alma. Cristina se apoderó de ella, hizo lo posible por acallarla y la entregó de nuevo a la nodriza, que fué la que realmente supo llevar la calma a su corazón ultrajado.
Antes de ponernos a cenar me obligaron a despedir el coche. Castell me llevaría en el suyo. Quise oponerme, porque la compañía de este caballero iba siendo cada vez menos grata para mí; mas no fué posible. Emilio, con su impetuosidad característica y su poco conocimiento de los hombres, dió orden al cochero de retirarse.