Me colocaron al lado de Isabelita. Todo el mundo dió por resuelto que aquello era lo natural y que debía de cuchichear toda la noche con ella. Por eso no dejé de hacerlo. Acaso habiéndoles preguntado si debía oprimirle suavemente el pie con el mío y acariciarle una mano por debajo de la mesa, alguno expresaría su opinión contraria y se suscitaría una discusión más o menos larga. Pero yo, convencido de que al cabo la mayoría se decidiría por ello, no vacilé en anticipar la ejecución de sus acuerdos.
A las diez y veinte de la noche se convino en un rincón del comedor donde la niña de Retamoso y yo charlábamos con independencia: primero, que ella era la única mujer que podía hacerme feliz sobre la tierra; segundo, que yo, por mi carácter franco y simpático, por mis sentimientos honrados y por cierto nosequé que tenía en la voz, era digno de que me hiciese feliz. Conformes en ambos extremos, quedó resuelto que al día siguiente daría cuenta de este acuerdo a los señores de Retamoso. Eran las diez y veinticínco.
Poco más se prolongaron nuestras deliberaciones. Castell acostumbraba a retirarse a las once y me preguntó cortésmente si deseaba hacer lo mismo. Cedí, como era justo, pues la familia desearía descansar, y nos trasladamos a la ciudad. Mientras duró el viaje tuve ocasión de convencerme una vez más de que sólo por un error de la naturaleza yo tenía pelos en la cara, y que en vez del sombrero debía cobijar mis pensamientos infantiles una sólida chichonera. Aquel buen señor, penetrando en el secreto laboratorio de la vida, restablecía con el pensamiento las cosas a su ser, se esforzaba en poner sus ideas al alcance de mi razón inexperta; bostezaba unas veces, otras sonreía perdonando mis puerilidades. En resumen, me trataba como si efectivamente yo llevase en la cabeza una chichonera visible sólo para él. Pero como estaba arraigada en mí la graciosa manía de considerarme un hombre, en vez de agradecer su actitud me produjo mayor irritación que nunca y juré en mis adentros no volver más en su coche, aunque tuviese que hacer el viaje a pie.
Al otro día, revestido solemnemente de una levita que había hecho el viaje a América once veces y el de Hamburgo treinta y siete, me personé en casa de los señores de Retamoso. Estaba situada en la plaza del Mercado, no lejos de la Lonja, y era más sólida que bella, de moderna construcción: un sólo piso, fachada exigua y lisa de sillería con tres grandes puertas y tres pequeños balcones de hierro. Pero era más espaciosa de lo que prometía su fachada. Sus almacenes, que ocupaban toda la planta baja, eran amplios y tan elevados de techo como los salones de un palacio. Grandes pilas de bacalao, bocoyes de aceite y alcohol, cajas de azúcar y cacao los llenaban, formando estrechos y revueltos desfiladeros. Al través de ellos, medio sofocado por el aroma nada grato que despedían estos productos ultramarinos, y precedido de un dependiente con la pluma detrás de la oreja, llegué hasta el fondo, donde había otras tres puertas de cristales que daban a un patio. Cerca de una de ellas se alzaba un pequeño enverjado de pino pintado de verde; en el centro de él una mesa sencilla con gran pupitre, y detrás de la mesa y el pupitre un hombrecillo rechoncho, con gorro de terciopelo bordado. Era el propio señor de Retamoso.
—¡Señor de Ribot! ¡Tanto bueno por acá!—exclamó, apresurándose a salir de la jaula, haciendo innumerables reverencias y llevándose otras tantas veces la mano al gorro—. ¿A qué debemos el honor?
—Deseaba hablar con usted unas cuantas palabras—respondí echando una mirada significativa al dependiente, que, comprendiéndome, desapareció en seguida por los zig-zags de los desfiladeros.
La fisonomía del señor Retamoso experimentó un cambio prodigioso. A la alegría que se esparció por ella sucedió repentinamente una tristeza profunda. Y como si una nube le interceptase de modo inesperado los rayos del calor y la vida, quedó mustio, abatido, seco, el que momentos antes todo era regocijo y expansión.
—Bueno; soy con usted al momento—murmuró introduciéndose de nuevo en la jaula, cerrando cuidadosamente la caja de valores que allí había y sepultando la llave en el bolsillo del pantalón.
Hecho esto salió, y, encarándose conmigo, me dijo de modo glacial:
—Estoy a sus órdenes.