“Este buen hombre supone que le voy a pedir dinero”—me dije, sorprendido de aquel cambio.
—El caso que me trae a visitarle—manifesté con vacilación—es un poco delicado... Es posible que usted sepa...
—No sé nada—profirió en tono resuelto, atajándome.
—Quiero decir, es posible que usted haya sospechado...
—No he sospechado nada—volvió a manifestar con más sequedad aún.
Un poco irritado por aquellas interrupciones, dije con viveza:
—Es igual. Lo sabrá usted ahora. Se trata de cierta corriente de simpatía establecida entre su hija Isabel y yo. Como esta simpatía pudiera con el tiempo transformarse en afecto y llegar al punto de originar una relación amorosa, antes que suceda me he creído en el deber de consultar la voluntad de sus padres. Mi edad no me consiente ya ni los pasatiempos ni las relaciones a hurtadillas. Por otra parte, la amistad que me liga a Martí, en cuya casa he tenido el honor de conocer a su niña, y la estimación inmerecida con que tanto su señora como usted me han honrado, me obligan a conducirme con franqueza y lealtad.
La faz redonda del tío Diego adquirió su primera expresión. La nube que interceptaba los rayos de la alegría se había corrido.
—¡Oh señor de Ribot! ¿Qué me cuenta? Yo no sé nada... Yo no me entero de nada... Yo soy un pobre hombre... ¿Por qué no se dirige a mi mujer, que le entenderá mucho mejor y sabrá lo que debe responderle?—exclamó sonriente y melifluo, llevándose la mano al gorro bordado y alzando la pierna hacia atrás para mejor hacer la reverencia.
—A los dos pensaba dirigirme.