—¡Oh señor de Ribot! ¿Para qué? Venga, venga conmigo... Yo le llevaré al sitio donde pueden ajustarse esas cuentas... Yo no sé nada de esos toques; pero hay en casa quien sabe más que Merlín... Cuidado, señor de Ribot... ¡mucho cuidado! Téngase bien sobre los estribos. Mire que para entenderse con mi señora se necesita mucha cabeza...
Y diciendo y haciendo me condujo hacia una escalera y por ella subimos hasta el piso principal. Una vez arriba me estrechó fuertemente la mano entre las suyas y me recomendó en voz de falsete que mirase bien lo que hablaba delante de su señora y que no me desconcertase en su presencia, que él me ayudaría en todo cuanto pudiese, aunque no esperaba que fuese mucho, porque también él se sentía cohibido delante de doña Clara.
—Es una mujer profunda, señor de Ribot. Con esto está dicho todo.
Sin soltarme me llevó hasta la puerta de un gabinete, dió dos golpecitos en ella con los nudillos y se oyó la voz de doña Clara que dijo:
—Adelante.
Retamoso volvió a apretarme la mano para infundirme valor y penetramos en la estancia.
Se hallaba doña Clara vestida de negro, tan correcta y pulcra como de ordinario, sentada en un sillón de cuero con un libro entre las manos. Al vernos quitó de su nariz aguileña los lentes con armadura de oro y los dejó colgando sobre el pecho de una cadenita del mismo metal. Tendióme la mano, clavándome al mismo tiempo una mirada tan imponente que, a pesar del valor que su esposo me había infundido, no pude menos de estremecerme. Después alzó su figura trágica de la silla y fué a sentarse en el centro de un sofá de damasco verde, invitándonos con un gesto para que hiciésemos lo mismo en cada una de las butacas que había a los lados. Acatamos sus órdenes, y Retamoso no halló recurso más precioso para preparar la sesión que frotarse en silencio las rodillas con la palma de las manos, mirándome al mismo tiempo con tristeza y zozobra.
—Señor de Ribot—dijo al cabo—, le ruego que manifieste a mi señora lo que hace un momento ha tenido la bondad de manifestarme.
—Se trata, señora—dije con voz temblorosa—, de un asunto delicado que deseaba someter a la aprobación de ustedes. Si me tomo la libertad de hablarles de él es únicamente para que en ningún caso pueda decirse que he faltado al respeto y la consideración que ustedes me inspiran... Entre Isabelita y yo empieza a formarse una amistad especial...
—Lo sé—interrumpió gravemente doña Clara.