Quedé un momento suspenso y proseguí:
—Isabelita, por sus prendas de carácter, por su inocencia y por la modestia de que está adornada, merece no sólo el afecto, sino la admiración de cuantos la tratan. Yo no pude, como es natural, sustraerme al encanto que esparce en torno suyo, y desde luego me sentí atraído hacia ella. Tuve el atrevimiento de dárselo a entender y me hago la ilusión de pensar que no le ha parecido mal. Hasta ahora entre nosotros no existe ningún lazo, sino tan sólo una sencilla inclinación...
—Lo sé—volvió a decir con la misma gravedad doña Clara.
Yo me sentí aún más cohibido. Retamoso me hizo algunas muecas encaminadas a infundirme aliento y pude continuar:
—Desde luego puedo afirmar que nada serio se ha establecido hasta ahora entre nosotros, y no podía ser de otro modo, porque yo jamás me propasaría a pretenderlo sin contar con la venia de sus padres. Pero tampoco es repentina esta inclinación. Cuando embarqué hace dos meses para Hamburgo llevaba el pensamiento y aun la resolución de estrechar esta naciente amistad y...
—Lo sé—dijo otra vez doña Clara con más severidad, si fuera posible.
Quedé mudo y confuso, renunciando a más desenvolvimientos, que, por la sobrenatural penetración de aquella señora, resultaban inútiles. Pero no pude menos de admirar el singular contraste que aquellos consortes formaban: él no sabía nada; ella lo sabía todo.
Retamoso me hacía guiños maliciosos dándome a entender que aquello estaba previsto y que no había por qué sorprenderse. Doña Clara, al cabo de un rato de silencio, irguió aún más su erguida cabeza, y, sacudiendo la nariz de un modo capaz de infundir respeto a un mono, profirió:
—Antes de pasar adelante ruego a usted que sigamos la conversación en inglés. Lo grave y lo delicado del asunto así lo exige.
Yo profeso y he profesado siempre una gran admiración por la lengua y la literatura de la Gran Bretaña. En la taquilla de libros de mi camarote viajan constantemente el Don Juan, de Byron; el Tom Jones, de Fielding, y algunos tomos de Shakspeare. Mas a pesar de esta admiración, nunca he supuesto que fuese el único idioma en que pudieran tratarse los asuntos graves y delicados. No quise, sin embargo, combatir este rasgo filológico ni discutir la preferencia que la severa mamá de Isabelita manifestaba por una rama de las lenguas indoeuropeas sobre sus hermanas, y me apresuré a ceder a su invitación. Con esto, la sorpresa, la alegría y las muecas de admiración de Retamoso subieron de punto. Se llevaba el dedo a la frente, arqueaba las cejas, abría disparatadamente los ojos, y algunas veces, cuando doña Clara no podía verle por hallarse vuelta hacia mí, elevaba las manos al cielo, murmurando imperceptiblemente.