—¡Qué mujer! ¡qué mujer!
Doña Clara, sin curarse poco ni mucho de las manifestaciones externas de este culto idolátrico, me hizo saber en un inglés enfático y gutural que nada de cuanto yo había dicho, hecho ni pensado se le había ocultado, y que estaba al tanto igualmente de cuanto había dicho, hecho y pensado su hija Isabel. Esta declaración infundió en mi espíritu un sentimiento de pequeñez y limitación que concluyó de anonadarme. En la imposibilidad, pues, de suministrar algún dato desconocido ni emitir una sola idea digna de la grandeza intelectual de aquella señora, tomé el partido de callarme, sometiendo de antemano mi débil razón a la suya.
Después de agitar varias veces su nariz prominente como una nave que despliega la bandera al zarpar del puerto, y después de encajar sobre ella los lentes de oro para contemplarme un rato en silencio, doña Clara tuvo a bien darme cuenta de sus designios. Isabelita era una niña: yo era un hombre. Expresadas estas dos proposiciones, a simple vista irrefutables, doña Clara dedujo de ellas lógicamente que era necesario mucho cuidado. Una niña no sabe generalmente lo que quiere; pero un hombre tiene obligación de saberlo. Por lo tanto, era de todo punto imprescindible cerciorarse de lo que yo quería.
—Señor de Ribot—interrumpió en este punto Retamoso—, ¿tendría usted la amabilidad de ponerme en castellano lo que dice mi señora?
Así lo hice, y cuando tuvo de ello conocimiento expresó ruidosamente su entusiasmo, exclamando infinitas veces con gran energía:
—¡Eso! ¡eso! ¡Justo! ¡Eso! ¡Eso! ¡Justo! ¡Eso!
Doña Clara no hizo el menor aprecio de aquellos esos ni de aquellos justos y, manteniendo su nariz en el mismo rumbo, me sometió acto continuo a un escrupuloso interrogatorio. Aunque bastante cohibido, contesté claramente a sus preguntas y tuve la satisfacción de observar ciertos leves signos de aquiescencia que me llenaron de orgullo. Examinadas mis pretensiones, y como resultado de la concienzuda investigación que acerca de mi conducta había llevado a cabo, doña Clara declaró al fin, volviendo lentamente la cabeza hacia su marido como una esfera armilar que gira sobre su eje, que «yo era una persona decente», cosa de la cual ni aun en los momentos de mayor extravío he dudado jamás.
Cada una de las fases de esta investigación fué sucesiva y fielmente interpretada por mí en lengua castellana para conocimiento del señor Retamoso. Todas merecieron de su parte la misma aprobación calurosa y fueron saludadas con una salva de ¡esos! y ¡justos!
Doña Clara dió por terminada la entrevista alzándose del sofá, y con la misma firmeza, la misma calma impasible y sangre fría me hizo saber que “allí tenía mi casa y que tendría sumo gusto en recibirme siempre que quisiera venir a ella”. Dicho esto, por medio de una hábil y sorprendente maniobra de su nariz dejó caer los lentes y me entregó la mano, que yo toqué con la mayor veneración.
—Permítame usted, señor de Ribot. ¡Un momento... un momento nada más!—exclamó Retamoso, que a nuestro ejemplo también se había levantado—. Yo no tengo los conocimientos que mi señora ni estoy instruído en los idiomas extranjeros. Así que no he podido enterarme bien de lo que usted desea. Me parece haber comprendido que usted simpatizaba con Isabelita...