¿Estamos en esas? dije para mis adentros mirándole con sorpresa e inquietud. En cuanto a doña Clara, le clavó una mirada capaz de hacerle polvo.
—Sí, señor—respondí al cabo secamente.
—Dispénseme usted, señor de Ribot... Yo soy un poco tardo de comprensión y más en estos asuntos tan finos... También creo entender (perdóneme si me equivoco) que deseaba usted nuestro permiso para dirigirse a ella con... con palabras galantes... Perdóneme, por Dios, si no sé expresarme como ustedes...
—Sí, señor; deseaba la autorización de ustedes antes de estrechar mis relaciones con Isabelita.
—¡Perfectamente! ¡Eso!... Veo que no me había equivocado. Pues bien, mi señor, yo estoy conforme con todo lo que doña Clara le ha dicho, y si le hubiese dicho más, con más estaría conforme todavía. Ya conoce usted mi opinión, señor de Ribot. Cuando se tiene en casa quien puede dar un consejo acertado sobre todos los negocios, ¿para qué calentarse la cabeza discurriendo?... Solamente yo desearía que en éste no hubiese compromiso por ninguna de las dos partes. Por ahora nada de compromiso. Si más adelante a usted, señor de Ribot, le conviene ese compromiso y a nosotros nos conviene también, entonces ya podremos hablar de otro modo... digo, ya mi señora le hablará de otro modo, porque yo ni pincho ni corto; bien lo habrá usted comprendido, mi señor.
Lo que comprendí perfectamente era que aquel gallego socarrón, antes de soltar su palabra, deseaba enterarse con exactitud de mis medios de fortuna. Me dejé engañar, sin embargo, en la apariencia. Acepté lo que me propuso, manifestándole que mi visita no era oficial, sino un simple paso de atención y respeto, y que deseaba que ellos conservasen su libertad como yo conservaría la mía.
—¡Eso! ¡Justo!... ¡justo!... Nada de compromiso.
Doña Clara, en tanto que hablábamos, se había mantenido inmóvil y rígida mirando al espacio por encima de nuestras cabezas, en una actitud tan solemne y desdeñosa al mismo tiempo que nada podría dar idea de su grandiosidad sino la Minerva de Fidias en lo alto del Acrópolis, si hubiéramos tenido la suerte de que esta obra maestra de la antigüedad pagana llegase intacta hasta nuestros días. Así permaneció hasta que yo, dirigiéndome a la escalera, desaparecí de su horizonte visible. Retamoso bajó conmigo, me llevó hasta el portal, se quitó el gorro, dió mil zapatetas, me estrechó ambas manos con inexplicable ternura y me dijo al oído al despedirme:
—Por supuesto, señor de Ribot, todo esto sin compromiso ¿no le parece? Mi opinión es que no debe de haber compromiso.
No rió poco el bueno de Martí cuando le conté los pormenores de aquella entrevista. Me felicitó calurosamente, y arrastrado de su fantasía optimista trazó en un instante veinte planes, a cual más risueño, sobre mi porvenir. Si no recuerdo mal, yo estaba predestinado a una gran riqueza y a ser asociado suyo y de Castell en la línea de vapores, cuya alta inspección se me confiaría. También tendría una parte en el negocio de los pozos artesianos cuando éstos empezasen a dar agua. En cuanto a la canalización del río, me manifestó con grande y sincera tristeza que le era imposible darme por ahora ninguna acción. Le respondí que no se apesadumbrase: trataría de vivir sin ella. Mi resignación le conmovió tanto que concluyó por decirme, ahuecando con ambas manos su cabellera: