—Tendría un gran disgusto si al cabo no consigo darte ninguna participación en este negocio, que será el mayor que se haya hecho en España hasta ahora.
Cristina, a quien comunicó acto continuo lo ocurrido, se mostró conmigo más afectuosa y expansiva que de ordinario. Observé, no obstante, en su rostro una expresión melancólica que en vano trataba de ocultar. Hacía esfuerzos visibles por aparecer alegre, pero a lo mejor se distraía y sus grandes ojos negros quedaban fijos en el espacio, revelando profundo ensimismamiento.
Cené con ellos. Nos sentamos a la mesa, además del matrimonio y su mamá, Isabelita, Castell y Matilde, con todos sus niños, los cuales nos divertían extremadamente. La esposa abandonada, siempre con los ojos enrojecidos, sonreía tristemente viendo la ternura y el entusiasmo que aquellas criaturas me inspiraban. No faltó quien apuntó, creo que fué doña Amparo, que yo iba a ser un padre cariñosísimo, lo cual causó a Isabelita una verdadera sofocación de rubor. Estos accesos se repitieron varias veces durante la cena, porque Martí tuvo a bien sazonarla con alusiones más o menos transparentes a nuestro futuro parentesco. Sobre todo, cuando hizo destapar una botella de champagne y alzando la copa brindó «por que el capitán Ribot se mantuviese sobre las anclas en Valencia toda la vida», las mejillas de su prima no prendieron fuego a la casa porque, afortunadamente, nadie arrimó a ellas algún material combustible.
Cuando nos levantamos de la mesa para dar una vuelta por el jardín quise ofrecer el brazo a Cristina. Sentía vivo deseo de hablar con ella, de sondar su alma, que me parecía turbada. Antes de buscar refugio en otro puerto, ya que la fatalidad había hecho que el de ella estuviera cerrado por mí, debía saber que acataba los designios de Dios; pero jamás, jamás olvidaría aquel sueño de amor. Así era la verdad. Aunque hacía esfuerzos heroicos por alejarlo, representándome otras escenas, otros goces, otros deberes, volvía tenazmente a recrear mis noches y a turbar mi conciencia.
Ya había apoyado su mano en mi brazo, cuando Castell, acercándose a nosotros y haciendo una leve reverencia, le dijo:
—¿No habíamos quedado en que esta noche sería yo su caballero?
Al mismo tiempo clavaba en ella una mirada luciente, cuya amenaza no bastaba a templar la sonrisa fría que vagaba por sus labios.
Cristina le respondió con otra tímida, y apresurándose a soltar mi brazo para tomar el suyo, articuló con voz alterada:
—Gracias, Ribot. Enrique me lo había ofrecido antes...
Y se apartaron para bajar la escalera. Desde lo alto, cuando la luz del vestíbulo les dió en el rostro, pude observar que Castell le hablaba con ademán colérico, como si le hiciese recriminaciones, y que ella se disculpaba con la mayor humildad.