—Pensé que no hacía tantos días…. ¡Cómo se pasa el tiempo! añadió profundamente.

—¡Claro! A usted se le pasa volando, lejos de nosotros.

El joven sonrió bondadosamente y pidió permiso para encender un cigarro.
Después dijo:

—No; aún se me pasa más de prisa al lado de ustedes.

—¿Más que en casa de tía Clementina?—preguntó la niña en un tono inocente que hacía dudar de su intención.

Castro se puso serio y la miró fijamente. Sus relaciones con la hija de Salabert se habían mantenido hasta entonces bastante secretas. El que se descubriesen en casa de la hermana del marido, le inquietó. Esperancita se puso como una cereza bajo la penetrante mirada del joven.

—Lo mismo—concluyó por decir con frialdad—. Todos son buenos amigos.

—¿Va usted hoy a casa de mi cuñada?—dijo Mariana sin advertir lo que pasaba.

—Iremos Ramón y yo: ¿no es sábado hoy? ¿Y ustedes?

—Yo no tengo gana de recepción. Hace unos días que me encuentro un poco molesta de la garganta.