En el gabinete costurero donde los introdujeron, estaban bordando D.ª Esperanza, Mariana y Esperancita. O hablando con exactitud, las que bordaban eran doña Esperanza y Esperancita: Mariana se mantenía sentada en una butaca, mirando al vacío en perfecto estado de inmovilidad. Pepe Castro y Ramón eran amigos íntimos de la familia y se les recibía sin ceremonia y con agrado. Después de algunos elusivos apretones de manos, con la sola excepción del de Maldonado a Esperancita, que no llegó a realizarse porque aquél se distrajo intencionalmente para dar comienzo digno a la gran serie de desaires de todas clases con que pensaba atormentar a su adorada, acomodáronse en sendas sillas. Pepe al lado de Mariana; Ramón junto a D.ª Esperanza. Antes de hacerlo, el joven concejal tuvo ya un momento de debilidad. Viendo a Esperancita algo apartada de su madre y abuela, pensó que era propicia ocasión para mantener con ella conversación secreta, y vaciló en llevar allá su silla. Una mirada expresiva de Castro le hizo volver en su acuerdo.

—Buenos ojos le vean a usted, Pepe—dijo Esperancita clavando los suyos, risueños y nada feos, en el famoso salvaje.

—Preciosos son los que le están viendo ahora—se apresuró a decir
Ramoncito.

Castro, antes de responder, le volvió a mirar severamente. El concejal, aturdido, dijo para amenguar un poco su torpeza:

—Porque ésta es la familia de los ojos bonitos.

—Gracias, Ramón. Ya empieza usted a ser falso como todos los políticos—manifestó Mariana.

—¡Siempre justiciero, Mariana!—exclamó aquél, rojo de placer, oyéndose llamar hombre público.

—¿Cuántos días hace que no he estado aquí?—preguntó Castro a la niña.

—Lo menos quince…. Verá usted: ha estado la última vez, un lunes….
Estaba aquí Pacita…. Hoy es sábado…. Trece días justos.

Nunca había tenido tan presentes los días en que Maldonado visitaba la casa. Castro acogió esta prueba de interés con indiferencia.