—Tiene usted que salir a comprar una vara de seda—le dijo ésta.
La doméstica, después de enterarse de las particularidades del encargo, se dispuso a salir para darle cumplimiento. D. Julián, que había escuchado atentamente, la detuvo con un gesto.
—Aguárdese un momento…. Voy a ver si por casualidad tengo yo lo que les hace falta.
Y salió con paso vivo de la estancia. No tardó tres minutos en regresar con un paraguas viejo entre las manos.
—A ver sí os puede servir la seda de este paraguas—dijo—. Me parece que es del mismo color….
Castro y Maldonado cambiaron una mirada significativa.
Mariana lo tomó ruborizándose.
—En efecto, es del mismo color … pero está todo picado…. No sirve.
Esperancita fingía estar absorta en su labor; pero tenía el rostro como una amapola. Tan sólo D.ª Esperanza tomó en serio el asunto y lo discutió. Al fin fué desechado, con disgusto del banquero, que quedó murmurando algunas frases poco halagüeñas acerca del orden y economía de las mujeres.
Ramoncito ya no podía sufrir más aquella pena de Tántalo a que la experiencia de su amigo le condenaba. No cesaba de mirar hacia el sitio donde éste y Esperancita departían. Principió por levantarse de la silla con pretexto de estirar un poco las piernas y dió unos cuantos paseos. Poco a poco fué acercándose a ellos: concluyó por detenerse delante.