—Qué tal, Esperanza…. ¿Hace mucho que no ha visto a su amiga
Pacita?

¡Qué pretexto tan burdo para detenerse! El mismo lo comprendió así y se ruborizó al pronunciar estas palabras. Castro le dirigió una mirada fulminante; pero, o no la vió, o se hizo como que no la veía. Esperancita frunció el entrecejo y contestó secamente que no se acordaba con precisión.

Esto bastaría para que cualquiera se diese por advertido. Ramoncito no se dió. Antes quiso prolongar la conversación con frases absurdas o insustanciales. Hasta tuvo conatos de agarrar una silla y sentarse al lado de ellos: pero Castro se lo impidió dándole, al descuido, un feroz y expresivo pisotón en los callos que le hizo volver en su acuerdo. Continuó, pues, su paseo melancólico y no tardó en sentarse de nuevo junto a sus futuras suegra y abuela. Al poco rato estaba empeñado en una discusión animada con Calderón sobre si el adoquinado de las calles debía de hacerse por contrata o por administración. De buena gana hubiera cedido. Su interés estaba en hacerlo, porque al fin se trataba del hombre en cuya mano estaba su felicidad o su desgracia; pero aquel pícaro temperamento terco y disputón con que la naturaleza le dotara, le arrastraba a proseguir, aunque veía a su suegro encendido y a punto de enfadarse.

Afortunadamente para él, antes que llegase este punto, se presentó en la estancia un criado.

—¿Qué hay, Remigio?—le preguntó el banquero.

—Acaba de llegar un amigo del Pardo, el cochero de los señores de Mudela, y me ha dicho que el señorito Leandro se encontraba un poco enfermo….

—¡Claro! ¡Qué le había de pasar a ese chiquillo!… No está acostumbrado a tales juergas. Toda la vida en el colegio o pegado a las faldas de su madre. De pronto le sacan a esta vida agitada…. ¿Y qué es lo que tiene?

Leandro era un sobrino carnal de D. Julián, hijo de una hermana que residía en la Mancha. Había venido a pasar una temporada a Madrid y la pasaba alegremente reunido a otros muchachos de la misma edad. Para cierta excursión de campo había pedido a su tío el carruaje. Este, por no ofender a su hermana a quien por razón de intereses estaba obligado a guardar consideraciones, se lo había otorgado, aunque con gran dolor de su corazón.

—Me parece que le ha hecho daño el sol y la comida….

—Bueno, una indigestión…. Eso pasará pronto.