—Yo creo que debías ir allá, Julián—, manifestó Mariana.

—Si hubiese necesidad, claro que iría. Pero por ahora no la veo…. Dí tú, Remigio, ¿no puede trasladarse aquí? ¿Se ha quedado en la cama?

—Ahí está el caso, señor—, dijo el criado dando vueltas a la gorra y bajando los ojos como si temiese dar una noticia muy grave—. La cuestión es que una de las yeguas, la Primitiva, está enfosada.

Calderón se puso pálido.

—¿Pero no puede venir?

—No, señor, está bastante malita, según dice el cochero de Mudela….
¡Claro! como esos chicos no entienden, la han hartado de agua….

D. Julián se levantó presa de violenta agitación, y sin decir palabra salió de la estancia seguido de Remigio.

Castro y Ramoncito cambiaron otra vez una mirada y una sonrisa.
Esperancita las sorprendió y se puso colorada.

—¡Qué a pecho toma papá estas cosas!

—¡Podría no tomarlo, niña!—exclamó D.ª Esperanza con voz irritada—. Un tronco que ha costado quince mil pesetas…. ¡Pues digo yo si es una gracia de Leandrito!