Y siguió buen rato desahogando su furia, casi tan grande como la de su yerno. Castro y Ramoncito se levantaron, al fin, para irse. Mariana, que había tomado con mucha filosofía la desgracia, les invitó a comer.
—Quédense ustedes…. Ya ha pasado la hora de paseo.
—No puedo—dijo Castro—. Hoy como en casa de su hermano.
—¡Ah! verdad que es sábado, no me acordaba. Nosotras iremos (si no estoy peor) a las diez, a la hora del tresillo.
—¿Come usted todos los sábados en casa de tía Clementina?—preguntóle por lo bajo Esperancita con inflexión extraña.
El lechuguino la miró un instante.
—Casi todos como en casa de su tío Tomás.
—Tía Clementina es muy guapa y muy amable.
—Esa fama goza—repuso Castro un poco inquieto ya.
—Tiene muchos admiradores. ¿No es usted uno de los entusiastas?