—¿Quién se lo ha dicho a usted?

—Nadie; lo supongo.

—Hace usted bien en suponerlo. Su tía es, a mi juicio, una de las señoras más hermosas y distinguidas de Madrid…. Vaya, hasta otro rato, Esperancita.

Y le alargó la mano con un aire displicente que hirió a la niña. El despecho de ésta se manifestó llamando a Ramoncito, que se mantenía un poco alejado.

—Y usted, Ramón, ¿por qué no se queda? ¿Come usted también en casa de tía Clementina?

—No: yo no….

—Pues quédese usted, hombre. Ya procuraremos que no se aburra.

—¡Yo aburrirme al lado de usted!—exclamó el concejal, casi desfallecido de placer.

—Nada, nada: definitivamente se queda ¿verdad? Que se vaya Pepe, ya que tiene otros compromisos.

Ramoncito iba a decir que sí con todas las veras de su alma; mas por encima de la cabeza de la niña, Castro principió a hacerle signos negativos, con tanta furia, que el pobre dijo con voz apagada: