—Y a ver si Dios me concede unos tropezones tan desagradables como el que ahora he tenido.
Clementina sonrió con benevolencia.
—No debe usted echar flores aunque sea de este modo indirecto trayendo a su lado una joven tan linda. ¿Es su hija?
—Sí, señora…. La señora de Osorio—añadió volviéndose a la niña.
Esta se puso roja de placer al oirse llamar linda por aquella dama a quien tanto conocía de vista y de nombre. Era una muchacha alta y esbelta, de rostro moreno, con facciones menudas y bien trazadas y unos ojillos dulces y alegres.
—Pues había oído decir que tenía usted una niña muy bonita; pero veo que la fama se ha quedado corta.
La chica enrojeció aún más y apenas pudo murmurar las gracias.
—Vamos, Clementina, no siga usted que se lo va a creer…. Esta señora, Pilar—añadió volviéndose a ella—, se complace en decir mentiras agradables como otros en decir verdades amargas.
—Ya lo veo que es muy amable—repuso la niña.
—No haga usted caso. Que es usted hermosa, está a la vista.