—¡Oh, señora!…

—Y diga usted, padre tirano, ¿por qué no la divierte usted un poco mas? ¿Está bien hecho que a usted se le vea en todos los teatros, bailes y reuniones y tenga encerrada a esta niña preciosa? ¿O es que se le figura que tenemos más gusto en verle a usted que a ella?

El pobre Pinedo sintió un estremecimiento de dolor que trató de ocultar. Clementina había tocado con frivolidad en la parte más sensible de su corazón. Su sueldo ya sabemos que no le consentía más que vivir modestamente. Si entraba en una sociedad que no le correspondía era precisamente para conservar el empleo, que era su único sostén y el de su hija. Esta nada sabía aún de aquel plan de vida. Pinedo esperaba casarla con un hombre modesto y trabajador y que no conociese jamás aquel mundo en que no podía vivir y que él despreciaba en el fondo del alma, aunque tal vez, por la fuerza de la costumbre, no pudiese ya vivir a gusto en otro.

—Es muy joven aún…. Tiene tiempo de divertirse—repuso con sonrisa forzada.

—¡Bah, bah! diga usted que es usted un grandísimo egoísta…. ¿Y cuánto tiempo hace que no ha estado usted en casa de Valpardo?—añadió la dama pasando a otra conversación.

—Pues el lunes. La condesa me ha preguntado con mucho interés por usted y se lamenta de que la haya abandonado.

—¡Pobre Anita: es verdad!

Sobre los dueños de la casa y sobre sus tertulios, Pinedo y Clementina comenzaron una conversación animada, inagotable. Pilar escuchó con atención al principio; pero como no conocía a la mayor parte de aquellos personajes concluyó por distraerse paseando su vista por las inmediaciones, fijándola en los pocos transeuntes que a aquella hora acertaban a pasar por allí.

—Papá:—dijo aprovechando un momento de pausa—. Ahí viene aquel joven amigo tuyo, que mantiene a su madre y a sus hermanas.

Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo la cabeza y vieron llegar a Rafael Alcántara, el célebre calavera que hemos conocido en el Club de los Salvajes.