—¡Que mantiene a su madre y a sus hermanas!—exclamó la dama con asombro.
—Sí, un joven muy bueno, amigo de papá, que se llama Rafael Alcántara.
Al volver la vista, cada vez más sorprendida, a Pinedo, éste le hizo una seña bastante expresiva. No sabiendo lo que aquello significaba, pero calculando que su amigo tenía interés en que no se calificase a Alcántara como merecía, Clementina se calló. El joven salvaje, al cruzar, les hizo un saludo entre familiar y respetuoso.
Pinedo alargó al instante la mano para despedirse.
—Ya sabe usted que hoy es sábado—dijo la dama—. Vaya usted a comer.
—Con mucho gusto. Recuerdos a Osorio.
—Y lleve usted a esta joven tan monísima.
—Ya veremos; ya veremos—replicó el covachuelista otra vez desconcertado—. Si hoy no pudiera, otro día será.
—Hoy ha de ser, padre tirano…. Hasta luego, ¿verdad, preciosa?
Y le cogió el rostro a la niña y le dió un beso en cada mejilla, diciéndole al mismo tiempo: