—Hace cuatro días justos que no has venido a verme, pícara.

—Ayer no he podido, mamá. Pasé casi todo el día arreglando mis cuentas, haciendo números. ¡Oh, qué horribles números!

—¿Y por qué los haces? ¿No está ahí tu marido?

—Pues, precisamente, por miedo a mi marido los hago. ¿Usted no sabe que se ha vuelto un miserable, un tacaño, lo mismo que su cuñado?

D.ª Carmen sabía que los negocios de Osorio no andaban muy bien, que recientemente había experimentado fuertes pérdidas en la Bolsa: pero no se atrevió a decir nada a su hija.

—¡Pobre hija mía! ¡Ocuparte tú en esas cosas cuando sólo has nacido para brillar como una estrella de los salones!

—Ya no le faltaba más que eso para hacerse del todo antipático, ¡odioso! ¡Si las cosas pudiesen hacerse dos veces!

Bruscamente, la expresión de ternura había desaparecido de sus ojos, reemplazándola otra sombría y feroz. Una arruga profunda surcó su tersa frente de estatua. Y con voz sorda comenzó a exponer sus quejas, a descubrir los agravios que su marido le hacía diariamente. A nadie en el mundo, más que a su madrastra, haría tales confidencias, que en ella no provocaban lágrima alguna. D.ª Carmen era quien las vertía una a una de sus ojos cansados.

—¡Hija de mi alma! ¡Yo que hubiera dado mi vida por verte feliz! ¡Qué ciegos hemos estado, lo mismo tu padre que yo, al entregarte a ese hombre!

—¡Mi padre! ¡Otro que tal! ¡Un hombre que no ha sabido jamás que tiene en casa una santa a quien debía adorar de rodillas! La verdad es que cuando pienso….