—¡Calla, calla: es tu padre!—exclamó la duquesa tapándole la boca con la mano—. Yo soy feliz. Si tu padre tiene algunos defectos, yo tengo más aún: de modo, que no hay mérito en perdonárselos, si él me perdona en cambio los míos…. No hablemos de tu padre, hablemos de ti misma…. No sabes lo que me duelen esos apuros de dinero, a los cuales no estás acostumbrada. Yo, si pudiera, los remediaría al instante…. Pero bien sabes que manejo poco dinero. Del que saco de la caja tengo que dar cuenta a Antonio, y a éste no se le engaña fácilmente. Algún puñadito de oro, sí, puedo poner aparte para ti; pero mis ahorros no te sacarán de pilancos. Sin embargo, confío en que tus apuros no durarán mucho tiempo….
Hizo una pausa la bondadosa señora; quedóse mirando al vacío tristemente, y luego, abrazando a su hijastra que aún permanecía de rodillas y acercando los labios a su oído, le dijo en voz baja:
—Mira, hija mía, yo no tardaré en morir y pienso dejarte todo cuanto tengo. La mitad de la fortuna de tu padre es mía, según me ha dicho el abogado de la casa.
Clementina sintió una vibración en el alma que a un psicólogo le costaría mucho trabajo definir. Fué una mezcla de dolor, de asombro, y acaso también, de un poquito de alegría. El dolor predominó, no obstante, y abrazó a su madrastra y la besó cariñosamente repetidas veces.
—¿Qué está usted diciendo ahí?… ¡Morirse! No: yo no quiero que usted se muera. Usted me hace mucha más falta que su dinero. Sin usted yo hubiera sido una mujer muy perversa…. Temo que el día en que usted me falte lo sea. Los únicos momentos en que siento un poco de blandura en el corazón son los que paso a su lado. Parece, mamá, como si usted me transmitiera algo de esa virtud tan grande que tiene….
—Basta, basta, aduladora—dijo D.ª Carmen poniéndole otra vez la mano en la boca—. Tú te tienes por peor de lo que eres. Tu corazón es bueno. Lo que te hace parecer mala alguna vez es el orgullo ¡el orgullito! ¿no es verdad?
—Sí, mamá, sí, es cierto…. Usted no sabe lo que es el orgullo y los tormentos que proporciona a quien lo siente tan vivo como yo. Estar pensando constantemente en que nos hieren. Ver enemigos en todas partes. Sentir una mirada como la hoja de un puñal en el corazón. Escuchar una palabra y darle un millón de vueltas en la cabeza hasta marearse y ponerse enferma. Vivir con el corazón ulcerado, con el alma inquieta…. ¡Oh, cuántas veces he envidiado a las personas virtuosas y humildes como usted! ¡Qué feliz sería yo si no llevase a cuestas este carácter triste y receloso, esta soberbia que me consume!… ¡Y quién sabe—añadió después de una pausa—, quién sabe si hubiera sido más dichosa en otra esfera! Tal vez si fuera una pobre y me hubiera casado con un joven modesto, trabajador, inteligente, sería mejor mi suerte. Obligada a ayudar a mi marido, a cuidar de la hacienda, a pensar en los pormenores de la casa como las demás mujeres que trabajan y luchan, no hubiera quizá llegado adonde llegué…. Yo necesitaba un marido afectuoso, dulce, un hombre de talento que supiese dirigirme…. Hoy mismo, mamá, acostumbrada como estoy al lujo y a la vida de sociedad, me retiraría con gusto de ella, me iría a vivir a un rinconcito alegre, allá en el campo, lejos de Madrid. No me haría falta más que un poco de amor y tenerla a usted a mi lado para inspirarme buenos sentimientos.
El espíritu de Clementina, gratamente impresionado por la niñería de la calle de Serrano, por aquella inocente aventura de colegiala, se inclinaba a los sentimientos idílicos. La buena D.ª Carmen la escuchaba y la animaba con sonrisa cariñosa. Las confidencias de la hermosa dama se prolongaron largo rato. Recordaba sus tiempos de niña, cuando contaba a su madrastra las declaraciones de amor que le habían hecho en el baile de la noche anterior y le leía los billetitos que le remitían sus adoradores. Aquel retorno a los tiempos pasados la hacía feliz. Tentada estuvo de hablarle de Pepe Castro y de Raimundo y exponerle las emociones pueriles que agitaban su alma aquella mañana; pero un sentimiento de respeto la contuvo. La duquesa era tan excesivamente condescendiente que tocaba en los límites de la estupidez. Es probable que si la hubiera hecho confidente de sus adulterios la hubiera escuchado sin escandalizarse. Almorzaron juntas y solas porque el duque lo hacía aquel día con un ministro. Por la tarde, después de aligerada y refrescada el alma con larga e íntima charla, ambas se trasladaron en coche a San Pascual, rezaron allí una estación al Santísimo, siempre expuesto en aquella iglesia, y se trasladaron al paseo del Retiro. Antes de oscurecer, porque el relente de la noche no le convenía a la duquesa y Clementina necesitaba ir temprano a su casa, dieron orden al cochero de retirarse.
Era sábado, día de comida y tresillo en el hotel de Osorio. Antes de subir a vestirse, Clementina dió una vuelta por el comedor: contempló la mesa con detenimiento y ordenó algunos cambios en los canastillos de frutos que sobre ella habían colocado. Se hizo traer el paquete de los menú escrito en un papel imitación de pergamino con las iniciales doradas del dueño de la casa; llamó al secretario de su marido; le hizo escribir sobre cada uno el nombre de los invitados y luego fué por sí misma colocándolos sobre los platos. En el medio ella y su marido, uno frente a otro; a la derecha e izquierda de Osorio los dos puestos de honor para dos damas: a la derecha e izquierda de ellas dos puestos para dos caballeros, y así sucesivamente según la categoría, la edad o la afección particular que sentía por sus invitados. Habló algunos minutos con el maître d'hôtel. Después de dar las últimas disposiciones se fué. Al llegar a la puerta se volvió, echó una nueva mirada penetrante a la mesa, y dijo:
—Quite usted esas flores con perfume que están cerca del puesto de la señora marquesa de Alcudia y cacámbielasor camelias u otras que no lo tengan.