—Sí, debió de haber lazado muchas vacas en la pampa.
—Hasta que al fin una vaca le lazó a él.
—Pero no fué en la pampa.
—Ya sé: en los jardinillos: no me diga usted nada.
El general Patiño, fiel a su naturaleza y a su tradición militar, se desplegó en guerrilla para atacar a la marquesa de Ujo, que tenía al lado.
—Marquesa, las perlas le sientan admirablemente. Un cutis suave y levemente bronceado como el de usted, donde se transparenta toda la savia y todo el fuego del mediodía, exige el adorno oriental por excelencia.
—Usted tan lisonjero como siempre, general. Me pongo las perlas porque es lo mejor que tengo. Su tuviese unas esmeraldas tan hermosas como Clementina, dejaría las perlas en sus estuches—respondió la dama, mostrando al sonreír unos dientes bastante desvencijados donde brillaba en algunos puntos el oro del dentista.
—Haría usted mal. Las mujeres hermosas están en la obligación de ponerse lo que les va mejor. Dios quiere que sus obras maestras se manifiesten en todo su esplendor. Las esmeraldas sientan bien a las linfáticas; pero usted es como la uva de Jerez, doradita por fuera y guardando en el corazón un licor que marea y embriaga.
—¡Si dijera usted como una pasa!
—¡Oh, no, marquesa! ¡oh, no!…