Y el general rechazó con fuego la especie y empleó toda su elocuencia en desbaratarla como si tuviese delante un ejército enemigo.
Mientras tanto los criados comenzaban a dar vuelta a la mesa presentando los platos. Otros, con la botella en la mano, murmuraban al oído de los invitados: Sauterne, Jerez, Margaux, en un tono cavernoso semejante al que emplean los cartujos para recordarse mutuamente la muerte.
—Yo no bebo más que champagne frappé hasta el fin—dijo Pepa Frías al que tenía detrás.
—¡Cuánto calor, Pepa, cuánto calor!—exclamó Castro.
—No lo sabe usted bien—repuso la viuda con entonación maliciosa.
—Por desgracia.
—O por fortuna. ¿Está usted ya cansado de Clementina?
Fuentes no se encontraba bien con aquel cuchicheo. Le dolía desperdiciar su ingenio en conversación particular, para una sola persona. Asió la primera ocasión por los cabellos para levantar la voz y atraerse la atención de los comensales.
—Ayer le he visto a usted por la mañana en la carrera de San Jerónimo, Fuentes—le dijo la condesa de Cotorraso que estaba tres o cuatro puestos más allá.
—Según a lo que usted llame mañana, condesa.